Correo electrónico de Gonzalo a Julia (I)

“Julia, te he acusado de recibo en otro mensaje automatizado porque no puedo acusarte de otra cosa. :))

Hoy has nombrado la hermenéutica con ese cripticismo tan propio de los que han crecido respirando fragancias de jardines árabes. Esa palabra, hermenéutica, a la que le han cerrado sus secretos con una h que parece siete llaves, me trae a la imaginación olores de lavanda en sábanas gastadas guardadas en armarios que esconden esperas de alguien (podría ser un niño, pero es probablemente un niño viejo) que no sabe muy bien lo que espera, pero que, mientras tanto, se siente encantado percibiendo que el olor que le llega es el olor de los dichos nuevos, de las risas nuevas, de todo lo que se puede esperar cuando ya no se espera nada. Como sabes son sólo palabras que se cruzan, que se arman y derraman por todo el armario donde el olor huele a blanco de almohada acostumbrada y a esos momentos en los que lo que se vive parece comenzar en un escenario construido a medida de otros sueños que siempre nos parecen nuestros, aunque, por desgracia, siempre se nos rompen cuando los queremos hacer de los otros.

Pero hablando de sueños y hermenéuticas tengo que volver a vestirte el tratamiento y decirte:

Señora, ¿usted me habla de cánticos de sirenas?, ¿cómo podría yo contestarle a eso?, ¿debería escoger el papel del embrujado o podría intentar el embargo del embrujo?, ¿conseguiría tornar los cánticos en susurros si mis amarras soltara o simplemente conseguiría que las burbujas de mis sueños estallarán?, ¿debería tender mi mano al destino o apretar los puños mientras veo desfilar de nuevo un mañana? Es tan difícil la jugada que el sujeto no sabe bien si amagarse en el fondo del escaque o si recuperar su antiguo sextante de fijar estrellas en cada nota que nace de la garganta de una sirena amarrada a su cola de fantasía en un music-hall donde se prohibe la entrada a la cobardía. Yo lo único que sé, señora, es que los cánticos existen y que las sirenas, que cantan, en el fondo siempre han sido chicas que valían la pena, que llenaban la noche y hasta la anochecida con un solo estar y saberse que las únicas amarras eran las de su querer seguir, allí, compartiendo la melodía.

De cánticos y de musas quería yo ahora hacerle ver algunas minucias más, pero dado mi estado de postración y lo avanzado de la hora, es de aconsejar que cese por el momento mi perorata y me emplace a mi mismo para una más profusa y adecuada argumentación. Hasta ese momento quedo, como siempre, suyo y del mástil, oyendo cánticos que suenan a conversación tibia y sonrisa entre copas y alguna música de guitarra, a descubrir y descubrirse a cada nueva sonrisa. Y perdón si el discurso es tan vacío, pero usted sabe que cuando las sirenas empiezan sus cánticos ya hace tiempo que han surtido efecto.

He hablado con nuestro hombre en el poli. No tienen el vídeo. Voy a seguir buscando. No hay nada mejor que una nueva búsqueda.”

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