Peces de colores*

Violeta tiene la piel aterida, blanca como un témpano y fría como la distancia. No soporta más el tembleque de su corazón queriendo calentar tantos días lejos de los suyos y de aquel hombre que a veces calentaba sus piernas, su espalda o sus nalgas con el restallido de aquella otra piel.

Desde hace un par de semanas se ha mudado a la calle Letenska, junto al pasadizo del tranvía y frente al muro trasero del los jardines del palacio Wallenstein. Pero sigue perdiéndose, el encantamiento por el que las calles de Praga cambian de orientación y llevan a sitios diferentes cada vez, está tan activo en la Staré Město como en la Malá Strana. Así que Violeta sigue caminando sin importarle mucho adónde, sólo quiere callejear embutida en su forro polar, completamente embozada entre la capucha y las dos bufandas que la convierten en un ser ambiguo que avanza y retrocede, gira, sopesa y tiembla con la noche y las mortecinas luces del tranvía que por un momento iluminan sus ojos miel que saben ver mentiras en la oscuridad. En ellos hay sonidos de su tierra y risas que estallan más allá de su propia memoria.

Violeta ama todo este frío que no la deja vivir. Se pasaría la noche deambulando entre los callejones si no fuera porque su corazón se detendría. Mientras su cuerpo se colapsa su mente parece abrirse a otras dimensiones, a otros tiempos y religiones, todo fluye en su cabeza mientras sus pasos tropiezan con la nieve escarchada y con los adoquines de una ciudad construida sólo con los gritos y los sueños. Violeta grita, pero su garganta sigue callada, hay veces que el placer duele más que el dolor y su sexo palpita esperando el nuevo golpe. Ahora mismo no sabe si recuerda o sueña.

Cuando llega a casa, llena la bañera de agua muy caliente y se sumerge hasta borrar la última grieta de la tiritona. Las palabras flotan en sus labios a punto de salir como si fueran peces de colores. Cierra la boca fuerte y los ojos para que no se le escape ni una, para que todas sigan bailando muy juntas, abrazadas, hasta que llegue el momento de morirse en un papel. Juega con su sexo debajo del agua y añora aquella crema de mango con la que después del baño masajeaba su piel. Si estuviera ahora en La Portuguesa extendería su flujo por la cara, los pechos, el estomago, para salir a la calle y atraer el amor y la suerte. Pero está en Praga y el amor sólo existe si ella lo escribe.

Ha venido a Praga a escribir y olvidar el dolor, pero ninguna de las dos cosas ha ocurrido aún. Sólo pasea por las calles y recuerda con placer todo aquel daño, aquel romperse de su piel a cada azote, aquel temer más y pedir más, aquel sentir que dejó de sentir con el último golpe. No se acostumbra a tanta verdura hervida, a tanta noche y a tanto silencio, pero está bien, la soledad la acompaña y los minutos pesan como el hierro, los relojes son cajas de muertos y se mantienen firmes, formados en pelotón para ejecutar a cualquier segundo que se convierta en gemido. Y Violeta gime y se acaricia en círculos con dos dedos, el agua burbujea cuando se muerde el labio y un espasmo y otro más y esperar más, esperar y escribir, esperar y escribir. Sale de la bañera y el frío está otra vez allí, sentado en su silla frente al papel en blanco. Esperar y escribir.

Y escribe hasta el amanecer. Cada noche de dos a seis escribe sin parar peces de colores que revolotean en su cabeza. Escribe sobre aquel hombre, su amo, que una vez le propuso un juego. Escribe sobre cuando era niña y el mundo era interminable. Escribe sobre escribir para no pensar. A veces el papel se queda flotando en el aire y ella sigue escribiendo sin él, se levanta de la silla y recorre tres veces la habitación, de izquierda a derecha, nunca en sentido contrario a las agujas del tiempo que va pasando, yéndose sin irse, quedándose siempre como un envoltorio de lo que quizá fue. Se para frente al espejo y se desnuda, se queda ahí mirándose el vacío de aquellos momentos, de la ternura de aquel hombre y de su violencia, acaricia cada una de las mariposas que él mismo le tatuó, recuerda el fuego de la aguja, la textura de su saliva en la boca, el sabor de aquella sangre que nunca acababa de fluir. Hay veces que llora, pero el frío la vuelve a la vida y tiene que abrigarse deprisa, beber otra copa de slivovice y seguir escribiendo sobre aquel juego que vistió de rojo todas sus letras.

Cuando amanece se va a dormir y cada una de las palabras que ha escrito durante la noche se convierte en un pez, cada pez un color, cada color un deseo y aparece el sol y la mañana está radiante de pájaros y sus cantos y ella se despierta desnuda con la mano acariciando el sexo de su amo y su boca llena de agua lo besa hasta hacerlo estallar y Violeta canta como los pájaros y se levanta a preparar tortitas y huevos para que su amo desayune y sea feliz. Las mañanas en La Portuguesa son siempre de domingo y por las tardes llueve a menudo. A Violeta le encanta andar desnuda por la casa y pasar cerca de su amo para que éste le azote con descuido las nalgas. Pasan las horas como a las escondidas, ninguna detrás de otra, primero las tres, enseguida las seis y no es difícil que luego las dos. Hay veces que vienen dos días seguidos de tres noches, pero ellos ni reparan en esto, sólo les importa el sol de la mañana y la lluvia de la tarde, los relojes son de queso y cuelgan blandos en las paredes, dejando gotear el tiempo por sus manecillas sin dedos. Las reglas son fáciles: el amo manda, la esclava obedece. Hay veces que ella juega a no obedecer y él la castiga con dureza para que se excite más. Cuando llega la lluvia los dos se sientan abrazados en el porche y contemplan las dos horas de chubasco en absoluto silencio. La lluvia cae a puñal y hace un ruido de mil alfileres sobre la hojarasca. Nunca he sabido en qué piensa ninguno de los dos en estos momentos, pero sé que se aman. Cuando pasa la lluvia el amo recupera su vara de mando y le ordena tareas a su esclava. Ella obedece con diligencia para que su amo no se moleste. Cuando termina se acerca a él para que le ate la esclavina a su tobillo. Otro día más ha ganado su premio de dolor. Él nunca la golpea fuerte, apenas que se marque un pequeño cardenal, apenas una gota de sangre que luego lamerá. Los golpes se van siguiendo muy lentos, con una frecuencia tan dispar que Violeta nunca puede adivinar cuando va a venir el siguiente. Esperar, escribir, esperar, escribir. Mientras golpea, el amo narra con su voz aguardentosa una historia que compone al son del restallar de la piel. A Violeta las historias de su amo le parecen tan bellas que las lágrimas hacen un charquito en las sábanas, cuando llega el orgasmo sus mariposas parecen volar.

Violeta siempre se despierta a mediodía, mientras los checos comen sus sopas grasientas. Los párpados la cubren como lápidas y el sueño y los peces de colores no la dejan respirar. Toma aliento: una, dos, tres, y el frío de nuevo la trae a la vida y comienza a temblar. Se viste tan deprisa como puede y se lía el primer porro del día. Se queda muy quieta, con los ojos tapados por sus manos entre calada y calada, quiere que no se le escape el sueño, quiere saber si ha vuelto a soñar lo que anoche escribió, pero el sueño es ya un montón de hierba hecha humo y ella se desespera por un momento porque otro día más todo está en orden: las horas esperan durante sesenta minutos y las cosas que pasan ya no vuelven. Su amo murió cuando ella le abandonó y ella busca una calle en Praga que le lleve hasta él. Esperar y escribir. Pasa un rato largo hasta que se decide a acercarse a la mesa y tomar la hoja de papel. Una vez más allí está escrito lo que después ha soñado, pero no se lee ni una sola palabra, sólo se ven peces de colores.


*  Este relato fue publicado originariamente, el 7 de julio de 2010, en el blog Entrepuertas y escaleras y más tarde en el libro de relatos que lleva el nombre del blog. Su relación es tan directa con la historia que se cuenta en la novela sobre la que trata este otro blog, que no puedo menos que publicarlo también aquí. Me produce una satisfacción cercana a la compulsión comprobar cómo mis historias se van entrelazando unas a otras sin principio ni fin, y, lo que lo hace más adictivo para mí, cómo esto se produce sin ninguna voluntad ni consciencia por mi parte.

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Apuntes para un imposible final cerrado

Muchas tardes Ossip se acerca a la terraza del lago y allí empieza a escribir en su moleskine así como escribe él, sin puntos ni comas, sin parar, sin casi pensar.

Hoy recuerda que una vez hablaron del principio de incertidumbre, hablaron sin saberse ellos (otra culpa más de él), disimulando la distancia de la suplantación, disimulando la certidumbre de toda esa incertidumbre. Quizá hablaban de literatura, Ossip ya no lo puede recordar, y de pronto se juntaron el efecto mariposa y el principio ese que más parece un final abierto (de eso hablaban, de eso, de finales abiertos y finales cerrados, pero él no podía ser ya él y ella era tan ella, tan de siempre acomodando las palabras entre sus labios).

Todo lo malo parecía haber pasado ya y una tarde ella le abrió de nuevo la vida en una esquina, con un paraguas y su sonrisa de dejarte entrar en su casa. Y de repente ya estaban otra vez tomando cafés, conversando, espiándose las miradas (sus ojos, sus ojos) y Ossip empezó de nuevo a soñar despierto sus dos nombres, sus mil recovecos. Vinieron nuevas charlas sobre best-sellers y más finales sin celofán y una noche en el concierto de Ismael, imposible competir con él.

Aquella noche llovía a cántaros, que decía la canción, aunque no tuviera porqué. Ella estaba tan preciosa y él tan nervioso que no sabía qué decir que no lo dijera Ismael mil veces mejor. Luego todo fue a peor otra vez. La distancia sin explicación, la incertidumbre de una pena que se sabía culpable. No más palabras, ellos que tantas se habían dado.

Ella tiene esas cosas, de pronto aparece de la nada y por un escaso tiempo todo parece volver a brillar. Hace apenas un año le escribió unas notas y estuvieron intercambiándose mensajes durante unos días. Los libros, que tanto les habían unido, tuvieron ahora su incierto papel. Ossip nunca pudo sospechar que la simple recomendación de una lectura pudiera tener tales consecuencias. El bloqueo volvió tan fugaz como se había ido.

Ahora Ossip se la cruza de vez en cuando y aunque se saludan en la distancia, la percibe tan incómoda con el encuentro que quisiera poder borrarse allí mismo, no sentir el pudor de ser él delante de ella sintiéndola tan mal. Ossip. Ossip, queriendo cantar despacio la canción de Ismael, perdido en la condena aunque la siga queriendo tan bien, tan a cambio de nada. Muchas veces piensa en el azar del próximo encuentro, quizá en un ascensor como aquel. Sería tan grande poder volver a hablar como entonces. Se repìte las palabras como una cantinela, quiere creer que si se pudiera explicar ella lo comprendería, o por lo menos perdería esa prevención que tiene hacia él, pero la tarea es tan imposible que sólo le salen muecas.

Ossip sigue escribiendo junto al lago. Inventa diálogos imposibles ya entre ella y él, sonrisas, aquella forma que tenía de mirarle cuando bajaban a aquella otra terraza del río. A Ossip le encantaría poderle contar que por fin ha terminado su novela, aquella novela imposible en la que ella vive entre líneas con su mirada tricolor. Le gusta imaginar su sonrisa sincera, su tranquilidad como entonces, pero a las tres líneas el efecto mariposa de lo que hizo se planta a cuatro patas en su moleskine hasta que le emborrona cada renglón.

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Tras los contenedores

Desde hace unos días, apenas dos semanas, Ossip Gregorovius recorre las calles de su ciudad buscando en los contenedores de basura. No sabe el cómo ni el porqué, pero desde ese tiempo a esta parte un fenómeno lo tiene atrapado como hacía tiempo que nada, ni siquiera ya el recuerdo de aquellos ojos tricolores, lo atrapaba. Se cuenta rápido: una noche en el doblez de una esquina se topó con este mensaje pintarrajeado en el vecino contenedor:

soy de certezas movedizas y dudas implacables

(imagen tomada de http://neorrabioso.blogspot.com.es/)

Firmado por neorrabioso, leyó sin poderse tapar la boca, sin poderse cerrar la mollera que le brincaba de envidia por aquel saber que jugaba a juntar letras. Temblando aún, balbuciendo y repitiendo la frase en voz muy baja para que no se le muriera de sentirse sentencia, se acercó al contenedor y lo abrió como si fuera a buscar el cartón donde cantar alguna línea que desmintiera las de su mano. Cualquier cosa susceptible del más ínfimo valor había sido ya recuperada para el mercado de futuros de la miseria, pero al fondo, escondiéndose de posibles lunas, hecha un ovillo sobre sus lanas, una muñeca destripada escondía una pequeña hoja de papel, apenas arrugado para lo que debería ser. En el papel una tinta gris, garabateada con una precisión que contradecía cualquier emoción, susurraba esta historia:

“Te dejo, inesperado lector de basuras, este trozo de historia que un amigo cercano me transmitió, así, a retales de papel y retazos de recuerdo. No tiene más sentido ni hilazón que un sentimiento huidizo, una verdad mil veces mentida, una desazón acostumbrada a vestirse de urticaria. Busca por esta ciudad, o por alguna otra, ¿quién lo va a saber?, estas frases abandonadas como deshechos. Junta los pedazos. Imagina los silencios. Busca el único sentido que queda después del despojo. Aquel amigo se inventaba a sí mismo para ella, invéntatela tú ahora para él.”

A la introducción seguía un texto entrecomillado, quizá la transcripción de una conversación epistolar, lo que ahora llaman chat, o de un delirio:

“Hola , por fin ha llegado el tiempo!! Bueno, tanta información que procesar me apabulla un poco, yo soy más de oír que de hablar, pero voy a intentar explicar lo que desde mí pienso sobre los finales (que a veces son como puñales). Creo que no has perdido ningún mensaje mío, el último fue la respuesta al que me contabas que habías perdido los anteriores mensajes.

Los finales: Hablar de esto nos podía remontar a preguntarnos si existe la realidad o si sólo es un constructo del que la piensa. Lotman, un semiótico de esos a los que no se les entiende ni papa, decía que un texto sólo está completo cuando se lee, y cada vez que se lee. Para mí esto es bastante acertado porque si te preguntas qué es un texto, la respuesta al momento está mucho más allá de lo que supone el soporte escrito. Un texto no está compuesto de palabras, está compuesto por los pensamientos de quien lo lee, no de quien lo escribió. De hecho, creo que ningún texto pertenece a su autor porque el texto que queda escrito, muerto sobre una hoja hasta que alguien lo lee, está a tanta distancia de lo que él quería, o pensaba, o imaginó, escribir, como la que hay entre lo escrito y lo leído por cada quien. En este contexto, habría que preguntarse también si el texto es tan sólo lo que se ha pretendido decir o si está compuesto también por todas las pérdidas de información que suponen reducir lo pensado a signos. Cuando leo una historia estoy leyendo a la vez, siempre desde mi subjetividad, claro, todo lo que creo que el autor quiso decirme, todo lo que entiendo que el autor ha intentado decirme, todo lo que yo creo haber leído e interpretado sobre ello, y, además de todo esto, estoy leyendo todo aquello que no está en el escrito y se convierte en posibilidad, en alternativa. Es en este sentido en el que digo que no me gustan los finales, las historias, cerradas. No me importa que la historia termine con que la chica deja al chico, eso es sólo un dato, pero necesito que el autor me haya creado un mundo en el que yo pueda participar, necesito escribir yo también en los huecos que el autor deja entre los sucesos, que él me deje unos puntos suspensivos imaginarios en los que yo pueda construir el texto, pensar que la chica puede aparecer de pronto otra vez, no quiero que el autor la mate o la convierta en zombi para quitarme esa posibilidad. Por ejemplo, no quiero que las historias terminen en boda, me gusta que terminen en la ventanilla de una compañía aérea con el protagonista comprando un vuelo que nunca sabré si le llevará a casarse con su amada o si le alejará para siempre de ella y de su pasado. Eso quiero decidirlo yo. Para resumir, no hay ningún final como Casablanca. Hostias, qué rollo, perdóname, creía que me había tomado la pastilla, de verdad.

Los límites: Un CASI es una caja de terciopelo negro que de pronto capta toda nuestra atención, es como un truco de magia que nos mantiene distraídos de la manipulación del prestidigitador.

Millás: A mí Millás me ha ganado últimamente, desde que leí su novela “El mundo”, una ficción sobre su propia vida en la que consiguió hacerme ver el mundo de mi infancia tal y como yo lo veía de pequeño. Es un surrealista maniático e hipocondríaco, y eso le hace encantador, me imagino que para los que no convivan con él, claro. No me ha gustado nunca su adscripción al felipismo, pero si perdoné hace muchos años a Vargas Llosa, cómo no se lo voy a consentir a él? Te recomiendo que leas, además de las mujeres en Praga, el mundo, creo que tú también lo verás por el mismo agujerito.

Tu escritura: Pues si sólo he leído dos cosas tuyas, creo que han adquirido categoría de obras completas, así que desmiente mi entusiasmo con atrevimiento y déjame leer más cosas.

Tu intuición: Es posible que deje pistas, la verdad es que mi dominio del medio es bastante escaso, pero de lo que no tengo duda es de que tú las lees tan bien como un indio cherokee las huellas de los caballos.

Y, finalmente (se nota que es viernes por la tarde), sobre lo del taller literario que vas a hacer, espero que te guste. La verdad es que no soy muy amigo de ellos, pero si no sigues al píe de la letra sus decálogos sobre cómo escribir pueden servir para crear ciertos hábitos de escritura recomendables. Eso sí, si quien lo imparta empieza con que tienes que captar la atención del lector en la primera línea, que un capítulo no puede ocupar más de diez páginas o que cada uno de ellos tiene que tener su clímax… Tírale un tomate bien verde a la cabeza!!!

Si te interesa, yo tengo bastante material sobre esas cosas.

Bueno, ha sido muy grata esta charla diferida. Un beso, si es que a las intuiciones se las puede besar.

Pd: perdón por la incontinencia.”

Desde este primer escrito no han parado de llegar otros. Muchos. Ossip recorre cada noche la ciudad de contenedor en contenedor. Buscando sentencias, encontrando finales escondidos en los vientres de muñecas abandonadas. Tras cada proclama firmada por el tal neorrabioso la historia parece juntarse, vivirse, crearse, entre los trasiegos palpitantes de nuestro amigo. Va juntando los pedazos y los intercambia para crear nuevas historias. En ocasiones ella se acerca hasta él, otras veces le da la espalda mientras mira el horizonte junto a la orilla de una playa. Cada pedazo es una historia, cada contenedor un mundo donde cualquier cosa puede caber, cada lector es un escritor rebuscando en la basura.

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En la ciudad de Sylvia

La secuencia dura veintitantos minutos. No hay contraplanos, sólo una mirada quieta que resbala por las mesas de la terraza del Conservatoire, que se deja atraer por los rostros de mujer y sus gestos de conversación cercana o sus ligeras sonrisas de sociabilidad comedida, educada en el significar. En otras mesas la cámara se tumba bajo la quietud del sol de mediodía en Estrasburgo, el enfoque construye los espacios para que nuestros ojos se adapten a la vida de los demás. Es bonito mirar el transcurrir apacible mientras la simpática pero un poco torpe camarera derrama algún vaso de cerveza. El joven observa a su alrededor como si se llevara el agua a la boca con las manos. Tiene aspecto de paje renacentista caído en desgracia por el rechazo de la Signoria florentina, piensa Ossip sin poder evitar odiarse un poco por esa irrefrenable propensión a la analogía, fruto sin duda del legado biológico de alguna de sus variopintas madres.

Nos encanta bañarnos en aquella quietud de miradas y conversaciones amortiguadas a las que no podemos acceder desde la pantalla. Ossip se ha puesto el vídeo en francés porque sabe que el idioma de las palabras no tiene ninguna importancia cuando lo que dicen hace tiempo que ya está escrito dentro. A Ossip, como a cualquiera de sus personajes, le encanta ver las pelis varias veces. Nunca ha entendido a la gente que es remisa a ello y en cambio no duda en repetirse la misma canción una y otra vez, como si el hecho de escucharla hasta la saciedad pudiera hacer posible la epifanía de una realidad que sólo existe dentro de cada uno, como esas fotos que se distorsionan con el Photoshop. Ahora nos detenemos en una rubia muy atractiva que se siente atractiva mientras habla y tiene la extrema inteligencia de saber parecer que no lo siente. A Ossip y al joven y a nosotros nos encantaría tomar el asiento de su amiga y dejar que ella inclinara sus labios cerca de nuestras orejas para ser cómplices de sus confidencias, pero las pantallas de televisión son tan planas como la cuarta pared que nos confina detrás de ese objetivo que construye el mundo con cada una de nuestras miradas.

En la película de Guerín sólo hay una mirada, pero es como esos ojos de insecto que derraman cien mil alfileres sobre lo que miran, que lo agujerean hasta no dejarle ni una sola gota de opacidad, hasta ensartarlo en una luminaria que nos alcanza, a nosotros y a Ossip, para que por un momento pongamos al descubierto todo aquello que hubiéramos querido poder imaginar. Nuestra mirada, Ossip lo sabe bien, es el reflejo de lo que queremos y el joven se fija ahora en un reflejo que se superpone tras un cristal a los reflejos con los que el vidrio nos quiere engañar. La cámara juega a guiarnos con sus enfoques y desenfoques, nos muestra un camino para que seamos nosotros los que pasito a pasito construyamos su historia. Tras el cristal las miradas de una enamorante Pilar López de Ayala nos enamoran. Ossip aprieta los dientes para no sentir el desasosiego que causa lo nunca visto cuando está tantas veces perdido, el joven renacentista esboza los rasgos del amor en su libreta de apuntes, llena de rostros de mujer, de miradas sin la ilusión de la carne, pero con el tesón del encuentro. Las  miradas se encuentran en un punto del cristal y Ossip se estremece al recordar cómo Gonzalo conoció a Julia, pero enseguida se sobrepone y se apresta a cerrarle la puerta a esa intertextualidad desvergonzada que se mete siempre en camisa de once varas.

La mujer, falda y suéter rojos, paso ligero acomodado a un caminar seguro, de los que saben siempre por dónde volver, pelo negrísimo acariciando los hombros, mirada suave y firme a la vez, labios que parecen ir a exhalar el mar y se recogen antes de llegar a ser espuma, descansa durante diez segundos su mirada en aquel espejo traslúcido, recoge su bolso y se levanta del asiento para salir del local. El joven reacciona al instante, deja unas monedas sobre la mesa y en su afán por no perderla derrama su vaso. La camarera acude al instante para secar la mesa con una profesionalidad desatendida de cualquier consciencia. Los veintitantos minutos de secuencia deconstruida por planos y profundidades de campo terminan aquí. Las calles de Estrasburgo empiezan ahora a resbalar por nuestros ojos tranquilos de espacios, expertos dibujantes del movimiento que agita los planos fijos para que de ellos surja eso que solemos llamar vida y apenas alcanza a ser mirada. Por esos planos hechos ventana vemos pasar gente testimoniando calles, cruces, paredes y un grafiti que se repite en cualquier rincón; Laurie, je t’aime; marca inhóspita de un deseo inacabado, el del protagonista en su búsqueda, el de Ossip en su pérdida que ahora no se quita de la cabeza la idea de que todo está ya escrito, de que todo ha sido ya y para no perderse en el plano aprieta el pause y se toma de un trago el chupito de vodka y no puede evitar una carcajada que se transforma en eructo al recordar ese otro grafiti que él puso en el escenario de su novela; Pilar te amo; Pilar te amo; Pilar te amo; repetido hasta la saciedad por Alejandro, Gonzalo y Tassia en un grito unánime que exclamaba la urgencia de una petición. Todo se construye desde la ficción con la exactitud de una plomada de albañil, todo se disfraza de tiempo suspendido, de polvo de la sustancia invisible jugando a ser sal de plata travestida de purpurina.

El plano no ocurre, el plano está, nos sitúa en un espacio, nos fabrica una mirada sólida y tranquila, que no busca, que no pasa, que sólo espera que todo lo que está la ocupe. El joven sigue a la chica de rojo por las calles de Estrasburgo, a veces se acerca tanto que parece que le va a decir algo. Ossip tiene que volver a detener el vídeo porque la mente, un poco encharcada ya de vodka, se le va a otras búsquedas y a aquella primera vez que siguió a una chica, una compañera del instituto, por las calles de su ciudad. La genialidad, que Ossip celebra con un nuevo chupito y otra estentórea carcajada, fue que decidió seguirla por delante para que ella nunca pudiera sospechar que en realidad la estaba siguiendo. También recuerda aquel primer amor imposible; él se repite varias veces invisible, invisible, invisible; una chica de su barrio que se llamaba Silvia y a la que un día se decidió a seguir por las calles y otro día se atrevió a preguntarle si podía acompañarla. Todo está escrito, todo está escrito; se sirve otro vodka más mientras no deja de sorprenderse de cómo su propia ficción se entreteje a partir de una realidad que cada vez más sólo se reconoce en esa ficción. Y de un chupito a otro y de una idea a otra ahora ve a Violeta y Alejandro caminando por las calles de Praga; pero Violeta es Sara; ahora ve a Gonzalo siguiendo a su mujer y a Alejandro siguiéndose a sí mismo andando por el gueto judío de Praga en el relato  Sobre lo que tú eres.  El plano sigue congelado en el pause, pero a Ossip la cabeza no para de darle vueltas, como si se hubiera subido a un carrusel imposible en el que sólo desfilan sin fin todos sus amigos invisibles. Ossip le da de nuevo al play.

El joven continúa siguiendo a la chica por las calles estrechas de Estrasburgo, pasan mujeres con carros de la compra, niños en bicicleta, jóvenes atractivas que se salen del cuadro y una mujer sentada en la acera haciendo rodar una botella de cerveza por el asfalto. El joven se atreve a llamar a la chica:

—Sylvia, Sylvia.

La chica sigue su camino sin contestar. Ossip no sabe si es porque no ha escuchado o porque no quiere o porque ni siquiera ella es ella.

Entre todo el laberinto de esas callejuelas el joven pierde a la chica. El plano continúa dibujando calles y gentes, los rostros de mujeres siguen circulando, sus labios, sus caderas, sus melenas…, pero el azar es como siempre el único narrador y la chica vuelve a aparecer y se detiene en una parada a esperar el tranvía. Cuando sube, el joven hace lo mismo, se sitúa muy cerca de ella, sus miradas se superponen en el cristal de la ventana; otra vez, suspira Ossip;  y en un momento el joven se decide y se dirige a ella. La vuelve a llamar Sylvia. La joven arquea las cejas en una sorpresa muy contenida, con la amabilidad de una educación perfecta y la sutilidad de una seducción acostumbrada a dejarse gustar sin aventurar nunca ninguna promesa. El joven le cuenta el pasado, su viejo y duradero amor, su viaje a aquella ciudad buscándola, su encuentro, su seguimiento por todas las calles y todos los planos enganchado a sus labios, a aquellos labios, y a su recuerdo, a su nombre; Sylvia, Sylvia; al cuaderno lleno de sus dibujos, a sus versos apenas recitados en bares y noches. La chica parece molestarse un poco, su sonrisa se muestra complacida, su elegancia se le sube hasta la punta de la nariz para quizá mentir o igual sólo querer obviar el desvarío de su perseguidor. Siempre es un juego. Con toda la paciencia y ternura del mundo la chica le asegura que está equivocado, que aquel amor que busca no es ella, que será otra o sólo su deseo de que sea ella, pero que su búsqueda o su acoso o su cortejo es inadmisible, su afán es imposible. Invisible; vuelve a pensar Ossip un tanto cabezón.

Y a Ossip le parece inadmisible que los sueños no se cumplan nunca, que las calles se le rompan al pisarlas y las piernas le pesen tanto que se le haga imposible seguirse a sí mismo por las calles de Praga, acercarse a Violeta vestida de Sara, sentarse junto a ella  en el café Milena como si fuera Alejandro e intentara construir la realidad a base de planos retocados.  Ossip se rasca la barriga y sonríe bobalicón porque se da cuenta, una vez más, de que no importa tanto lo que se busca como la búsqueda en sí.

La chica baja del tranvía. Antes de que este arranque se despide con una sonrisa y un deseo.

—Que la encuentres.

El joven y Ossip piensan que es imposible no quererla aunque no sea verdad.  El joven sigue su búsqueda. Su mirada, que es nuestra mirada, va llenándose despacio de aquellas calles, de todas las mujeres que transitan por ellas. Hay un fetichismo incierto que no sabe dónde mirar, si a aquellos rostros, aquellas melenas que se apoderan del movimiento dentro del plano quieto, si a aquel silencio de tantos pasos recorriendo las aceras como si dibujaran un mapa. La tranquilidad se apodera de nosotros como una noche que se deja recostar entre el apagarse de una tarde.

El joven ya no busca a Sylvia, su perdido amor, ahora intenta volver a encontrar a la chica del tranvía. Se sienta en la parada donde ella lo tomó y espera horas y horas rodeado de mujeres y hombres que vienen y van, que esperan, que quizá, seguro, también buscan ese espejismo apenas vislumbrado en el reflejo de un escaparate o de uno de los tranvías al pasar. Todas las mujeres le parecen ella que tal vez en uno de sus parpadeos se ha colado dentro de un tranvía que no se detiene en aquella parada. Ossip se empana una vez más con sus recuerdos y tiene que detener la película. Intenta reproducir a cámara lenta la visión de aquella mirada quieta, puesta a cuatro patas sobre una ciudad que quiere petrificar un pasado que se le vuela a cada intento de fijarlo. Piensa en cada una de sus tres madres, todas ellas amantes de Trotsky, piensa en sus sueños tan repetidos de andar por calles maltratadas, imposibles, rotas de andar por ellas. Piensa en los cineastas rusos y en la remota posibilidad de que Einsestein fuera amante de su madre; en todo caso, y ahora el eructo y la carcajada componen el mismo exabrupto, de mi padre, si es que alguna vez lo hubiera tenido; exclama sin poder evitar que la saliva  ácida y un poco de vodka le regurgiten en el paladar. Piensa en lo imposible de que una imagen simbolice nada más allá de una mirada. Recuerda que fue al estreno de la peli, años hace ya, a los cines Babel, acompañado de una amiga que no por casualidad también se llamaba Silvia. Comprende que en una narración las palabras no deben contar más allá de lo que sean capaces de mostrar. Vuelve a pulsar el play.

 

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Notas de Ossip Gregorovius: La adversativa y la copulativa.

Ossip Gregorovius se queda con la boca abierta como cuando hecha el humo o cuando exclama madre de dios o cuando se pega un buen trago de cerveza helada en pleno verano.

Está leyendo una tesis doctoral. Ni siquiera sabe cómo ha caído en sus manos semejante tocho. Ni siquiera cree que sepa por qué se ha puesto a leer distraído, como esperando a que escampe. La tesis lleva por título Estética de la fotografía publicitaria en España: 1975-1995 y está escrita por una tal María del Mar Marcos Molano. Quizá le han llamado la atención las cuatro emes juntas, que hacen que transitar por ese nombre sea como un paseo entre montañas, quizá ha sido la palabra fotografía, que siempre da la sensación de que abriéndola podríamos ver algo que nunca hubiéramos visto. Quizá sólo fuera el aburrimiento y su holgazanería de siempre que le lleva a distraerse con cualquier cosa con tal de no aburrirse con algo en concreto. El caso es que las hojas han ido virándose sobre sus ojos casi sin verlas, tapándose, borrándose, unas a otras, hasta que en la página 167 ha encontrado la frase y entonces ya no ha vuelto a ver nada, ni siquiera a pasar más páginas, porque todo ha venido de nuevo.

Lo recuerda perfectamente. Era el 17 de marzo de 2001. En plenas fiestas populares, ruidosas y avasallantes. Estaba con un grupo de gente comiendo en un sitio al que nunca había ido. Un sitio atestado de gente en pleno barrio histórico, lleno de mesas desvencijadas de madera, paredes blancas con algún espejo antiguo y frases pintadas. La luz entraba a raudales por los dos grandes ventanales y la gente pasaba en tropel por la calle, todos buscando algún sitio en que quedara mesa libre para comer o beber esas cervezas del mediodía que tanto nos arreglan la vida. El antro se llamaba El Figón de la Ploma. La música flamenca desgarraba las palabras y las conversaciones se teñían del ambiente acicalado con pinturas de cierta perdición barriobajera con toques de modernidad un tanto leída. Ossip no recuerda bien con qué gente estaba, pero sí recuerda que en aquella época estaba conociéndola y se sentía muy a gusto allí, escuchando sin escuchar lo que hablaban los demás, callando para sentirse dentro pensando en ella, dejando resbalar mezclada con la cerveza esa melancolía de las cosas que aún están por suceder (esta idea luego la llevaría también a la novela). Le hubiera encantado estar allí con ella, borrar a todos los acompañantes de su vista y sustituirlos por sus ojos mirándole empapados de risa, pero también era bonito querer que estuviera (porque sólo se desea lo que no se tiene, dirá algún personaje en cualquier momento) y recrear su ausencia como si fuera cierto que cualquier cosa que pueda suceder siempre es mejor que la que sucede.  Ossip pidió con gestos otra cerveza, para todos, y tamborileo en la mesa a ritmo de Camarón y su camisa rasgada. De pronto se fijó en una de las frases escritas. Allí enfrente de él, ocupando un gran espacio en la pared, recreada con dedicadas y cuidadas letras negras, suaves, con esa elegancia natural que sólo pueden disfrutar algunas mujeres y ciertos amores errados.

El delicioso matiz del exceso, el encantador gesto del recato.

Esa era la frase. Escrita en aquella pared como si algún pase de magia hubiera hecho desaparecer todo el bullicio y desbarajuste de la gente y sólo una pequeña nube de humo fuera el indicio de algún prodigio recién ocurrido. Las dos frases se dejaban terminar la una a la otra, la coma terminaba una línea para dejar al segundo término de aquella relación justo debajo. Podría ser, quizá, pensó Ossip con esa risa que sólo se le reía para él, la unión tántrica perfecta, la maravillosa contracción pompoar que nos lleve a los dos al orgasmo, tu exceso, mi recato, mi exceso tu recato, uno arriba y el otro abajo, tanto monta, monta tanto. Era la fiesta, la cerveza, toda la gente riendo. Aquel día aquello todavía era un sueño, pero Ossip sabía, aunque no se atrevería a decírselo a sí mismo, que las cosas llevan su camino y aquella frase, aquellas letras cara a la pared, le estaban diciendo que sí, que todo se iba a cumplir.

No pensó más, sacó su móvil y escribió la frase en un sms. Se lo envió. Tres minutos después sonó el inconfundible tono de su nokia avisándole que tenía un sms. Era de ella:

Preciosa frase. Tu matiz, aunque delicioso, no es exceso, ni mi gesto (ignoro si encantador) es recato.

Pocos días después fueron a cenar juntos por primera vez. Las cosas se fueron cumpliendo. La historia siguió adelante desbrozando las melancolías. Estuvieron muchas veces en El Figón de la Ploma. La frase les miraba desde la pared un tanto excitada a veces, un tanto burlona otras. Ossip la miraba allí, con su sonrisa pegada a sus ojos, sus manos acariciándole, su sexo esperando el camino a casa, andar por aquellas calles, cruzar el río, los dos gin-tonics, la música de Vinicius, el fresco del amanecer en su cama, su perfume white imprimiendo su huella imborrable en las sábanas. Las cosas fueron pasando y la melancolía nunca se fue. Ossip siempre se preguntó si aquella coma fue la culpable de la separación, si en realidad no le estaba advirtiendo de ello y él fue incapaz de saberla leer. Tanto sexo tántrico, tanta técnica vaginal y la coma me estaba diciendo, cuidado, ella te quiere por las cosas que te puede dar, no por las que tú quieras que te de. Otra vez la puta coma. Ossip nunca lo entendió, era como si la coma fuera una rendija por donde se le escapaba la sangre o la vida o cualquier cosa de éstas que siempre se dicen. Pero ahora sus ojos abiertos como botarates y su boca abierta como una garganta se habían topado con la página 167 donde la MMMM hablaba de un anuncio donde el busto de una mujer en sujetador (o bikini, Ossip de esto no estaba seguro) miraba al objetivo (al espectador) con mirada felina y junto a ella estaba escrito: Mírame a los ojos y dime que me quieres. Al parecer, tampoco estaba Ossip para análisis tras su descubrimiento, se analizaba un tipo de publicidad que la autora denominaba estética de lo pornográfico, ya que hacía de la pura atracción sexual el objeto central de la atracción de la imagen.

Lo increíble, lo verdaderamente increíble, es que dos líneas más abajo continuaba: lo sublime, esa emoción estética de proporciones inabarcables, que tiene el delicioso matiz del exceso y el encantador gesto del recato. Ya no fue la tremenda sorpresa, la infinita casualidad, de encontrarse tantos años después aquella frase que marcó su historia, ya no fue el comprender que aquellas dos frases se fundían en su alquimia en un sólo término que las explicaba: lo sublime. Fue la y, la cópula, la que lo dejó atónito y pasmado. La y es lo que le faltó. En aquella pared blanca como un paredón, la coma era balancín, trampilla por la que se te cuelan los sueños o las llaves, hueco, rendija que juega a ser virgulilla sin n, nexo sin cita, futuro sin tiempo. Era la coma la que lo jodió todo y entonces Ossip recordó sus lágrimas en la estación, ¿pero qué quieres hacer conmigo?, sus silencios, su tengo un nudo aquí mientras se señalaba la boca del estómago. Ossip recordó aquellas madrugadas caminando despacio hacia su apartamento, ella cogida de su brazo y cantándole canciones al oído. Recordó todo en en un momento y empezó a tomar notas, a apuntar cada frase que se le ocurría en un post-it amarillo que segundos después estrujaría.

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Ponto Final

Aprovecho la canción de Jay-Jay Johanson , Only for you, y unas fotos que hice del sitio que más me impactó de Lisboa. Se trata de unos muelles abandonados que hay cruzando el estuario, en Calcilnhas. Es un sitio muy especial porque parece que se puede respirar el tiempo, el abandono. Lo más recomendable de todo son las sardinas del Ponto Final. No digo más. El caso es que este sitio es el que va a inspirar bastante literalmente (nunca mejor dicho) uno de los capítulos de la novela. De hecho, ya hice las fotos pensando en que luego me refrescaran la memoria. Desde el momento que puse el pie allí, sabía que eso tenía que convertirse en algo.

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Vendrá la muerte y tendrá tus ojos

Éste no es sólo un poema. Éste es el poema que resuelve una incógnita que llevaba años sin resolver. No os puedo decir más, sólo que será de capital importancia en la novela. Como casi todas las cosas, lo he descubierto como de casualidad. Conocía de Pavese, de su final… No podía sospechar, la ignorancia puede abarcar todos los mundos posibles, que me estuviera perdiendo esta belleza:

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
-esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo-. Tus ojos
serán una vana palabra,
un grito acallado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola sobre ti misma te inclinas
en el espejo. Oh querida esperanza,
también ese día sabremos nosotros
que eres la vida y eres la nada.
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como abandonar un vicio,
como contemplar en el espejo
el resurgir de un rostro muerto,
como escuchar unos labios cerrados.
Mudos, descenderemos en el remolino. 

Os lo dejo recitado en su lengua originaria:

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De donde se cuenta la primera cita de Julia y Gonzalo (primer borrador).

 

(La mujer, como si siempre hubiera estado allí, sentada junto a aquel hombre, apura su copa y estalla en una risa que es acompañada por todos los gatos, por cada una de las bombillas, de los vasos y copas que tintinean en las estanterías. Sin dejar de reír coge la mano del hombre sobre la mesa y se inclina hacia él, hasta que sus labios quedan casi rozándose. Ella entona entonces en voz muy baja, como si fuera un arrullo, una desconocida y cálida melodía. Cuando termina, en voz todavía más queda le susurra al hombre del espejo: “Yo no soy una sirena, yo soy…” (El hombre del espejo jamás me ha querido decir quién dijo que era la mujer). La historia termina aquí con beso, claro, hay que seguir los cánones.)

Pues no, después resultó que no hubo beso, pero la historia transcurrió más o menos así:

El hombre del espejo vio el coche estacionado en la esquina, con los intermitentes parpadeando. Se acercó pensando que quizá ella lo estaba observando por el retrovisor, pensando que quizá ella ya lo había observado todo de él desde mucho antes, que ya no le quedaba nada para darle, todo él gastado en un simple reflejo de espejo. Pensó que no debía pensar, que sólo tenía que llegar hasta ella y todo el nerviosismo que sentía, toda esa locura de mil ideas que le atropellaban se diluirían en la sonrisa de la mujer de negro, en esa magia increíble que hacía que todo fuera fácil y confortable. Ella ladearía la cabeza, lo miraría, sonreiría y todo el calor de cientos de noches soñando con una sonrisa así lo cobijaría hasta hacerle desaparecer esa sensación de examen a superar que le agarrotaba.

Y llegó al coche y su primera intención fue acercarse a sus labios y besarla, pero ella giró la cabeza para mirarle y su pelo mojado y sus ojos marrones sonriendo verdes y sus labios rojos riendo rojos y su vida allí junto a él que ya no sabía qué hacer más que mirarla, porque mirarla es besarla. Ella parecía un poquito tensa también, pero pronto el coche empezó a circular y él quería recuperar todas esas frases y momentos que les habían acercado los últimos días, quería conseguir la sintonía de esas charlas en las que todo desaparecía del mundo, sólo su voz y su gesto, su sonido. El hombre del espejo estaba como un colegial.

Y ella aparcó el coche y él sólo decía tonterías y tenía la sensación de estar arruinando el examen desde el primer momento, cuando sabía tan bien que sólo tenía que dejarse llevar, estar allí con ella, nada más, sólo estar. Pero el afán.

Empezaron a andar hacia el restaurante y la calle estaba medio vacía y él la miraba de reojo porque estaba realmente impresionante. Ella hablaba y él hubiera querido abrazarla, pero ya sabía entonces que no. ¿Por qué no?

La mujer de negro tiene unos ojos de comic que miran redondos sorprendidos de lo que ven y como preguntando a lo que les ve si lo que se les ve es lo que ellos quieren que sea visto, miran suave y fijo y el hombre del espejo intenta guardar la compostura porque cree saber que ella necesita que la crean cuando ella cree, y hay que acompañarla hasta el final dejándola decir, sin interrumpirla, quedándose quieto al final de su mirada, porque la mujer de negro a veces da la impresión de estar un poco desangelada, pero es como un eclipse que al instante deja paso a unos ojos que se van apaisando mientras la risa, el juego, crepitan dentro de las pupilas que ya son medio azules medio verdes entre una especie de nubecitas que seguramente serán las carcajadas de su corazón. Es tal espectáculo que el hombre del espejo intuye que cuando lleguen los días tristes algo de ella guardará que habrá valido por todo.

En el restaurante la luz tenue hace que esté más preciosa si cabe. Ella lo sabe y se permite el lujo de no darle importancia, se nota que le gusta gustar, pero no más que le gusta saborear el vino o recordar sus tiempos de lectora de galeradas o situarse a dos pasos de distancia de cualquier cosa, de su propia vida, en un pastiche difícil de explicar entre el fatalismo y el sentido común, todo es así como es aunque nada parezca que sea lo que es. Es de esa clase de chicas que nunca le van a exigir a uno ser otra cosa que lo que es. Por eso el hombre del espejo renuncia a todos los planes, a todos los guiones, que había preparado para la ocasión, recuerda ya con nostalgia unas horas antes, el momento en que se han despedido al salir de la galería, la mirada de ella que era un hasta luego secreto, un mundo donde no cabía nada más que todos los instantes que iban desde ella y su sonrisa hasta ella y su sonrisa a dos palmos tras la mesa, tan cerca y tan lejos. Tan lejos se siente ahora en presente, cuando quería estar tan cerca, mientras la conversación fluye y a él sólo le importa el oír la voz que lee entre los pliegues de libros y las siete mil vidas de gato de esta mujer de negro que es lo más encantador que el tipo ha visto en muchos años. El hombre del espejo no tiene nada que hacer con esta chica, ¿alguien lo dudaba? Y sin embargo se repite: pero ella está aquí. Y le repite: “Pero tú estás aquí”, y ella sonríe, ella está allí, vete tú a saber por qué, pero ella está allí, y el hombre se da falsos ánimos, intenta coger la mano de la mujer y ella la retira enseguida, le quiere dejar muy claro que ella está allí pero eso sólo significa que está allí, nada más. El se está muriendo por besarla, por cruzar ese baldío inmenso que va desde una palabra a un beso, pero ella le está dejando clarito que el camino está cerrado. ¿O no? Sea como sea, la cuestión es que el hombre del espejo está cada vez más inseguro y, sin embargo, se está tan bien junto a esa mujer. Ella habla y todas sus palabras salen abrazadas y besándose mientras el hombre del espejo se siente un poco solo diciéndole que necesita la soledad y la cantante canta “me muero por tener algo contigo” y al hombre le parece demasiado ridículo hacer mención, pero lo piensa, vaya si lo piensa, y se siente torpe, perdiendo puntos y puntos, y más torpe aún pensando esto porque sabe que la mujer de negro no es de las que puntúan, la mujer de negro es de las que te aceptan, de las que se hacen a ti, de las que te hacen a ella, y tiene a estas alturas un lío tan grande que está por pedirle ayuda a ella, pero ella se lo ha dicho ya muy claro, estas cosas se dan o no se dan, y él no lo tiene nada claro, ¿por qué no te callas y actúas?, pero ella vuelve a retirar su mano y eso es un no, ¿por qué tienes que insistir entonces? Y en eso momento recuerda el arte de amargarse la vida y se ríe en silencio pensando que esta maga es una bruja del demonio.

La cena va pasando con la comida en los platos, a cada segundo de estar con ella pasan tantas vidas por el hombre del espejo que él, que lleva tanto tiempo muerto, siente mareo por no saber cuál de tantos reflejos del ser ella se convierte en su instantáneo y cambiante ser él. Se oye hablar a sí mismo demasiado serio, demasiado gris, intenta recuperar esas charlas de apenas unos días antes donde él la hacía reír de esa forma en que ella es capaz de fabricarlo todo de nuevo, pero no puede, piensa que ya no tiene el don de hacerla reír, ha pasado tanto tiempo en tan poco tiempo. Se siente un poco inútil, pero a cada momento ella le convence de que estar así, un ratito con ella, da para vivir todas las vidas. Pero el afán.

Pero el afán está ahí siempre y es algo que corroe y no deja disfrutar. Y hay tantas cosas más. Ella le dice que a él le gusta darse por vencido, y él sabe que no es así, él sabe que es la persona más fuerte de este mundo, pero es que detrás del beso y todos los besos tiene que haber tanto compartir, tanto ofrecer que valga la pena, tanto crear cosas nuevas, tantas miradas nuevas que leer, y se siente tan vacío, tan sin nada de nada, que tiene miedo de que alguien lo vea por dentro. Ella le dice que le entusiasman las personas que poseen pasión y él, que ha tenido toda la pasión del mundo, se pregunta si todavía le quedará la suficiente pasión, para algo más que seguir buscando y huyendo de lo que se encuentra.

Terminan de cenar y al hombre del espejo se le amontonan las palabras de ella en los bolsillos, quisiera poder colgar cada una de un recuerdo que llevara impreso el tono de voz y la mirada de la mujer; quisiera, una vez más, acariciar con sus dedos el contorno de los labios de la mujer, construir la cuna de esa sonrisa que a él lo acuna como si fuera Rocamadour y no Oracio. Quisiera tantas cosas que sabe no va a tener que no puede menos que sentirse afortunado de lo que ahora tiene, la mujer de negro andando con su paso de arlequín a su lado, la mujer de negro rozando su alma con un beso de amistad, que sólo es una palabra más, pero en ocasiones, con personas como ella, es un mensaje cifrado que te convence de vivir algunos ratos más. Y se meten en un garito y él ya casi no habla porque ella es ahora la maga y le ha abierto todas las historias de la historia y oírla hablar es como ver mil películas, es como abrazarla, como hacerle el amor y ver la ropa interior de su alma, oírla hablar es guay. Oírla hablar es vestir el tiempo de todos los personajes que son ella con su atuendo de directora de escena, con su disfraz de Alicia y su sorprendente capacidad para enganchar la vida a cada hilacha de su boca. La mujer de negro sigue hablando rodeada de todos los gatos, del hombre del espejo hecho estatua de cristal mirándola, sintiéndola respirar tan cerca, tan lejos, queriéndose subir de polizón al tren de todos esos episodios en los que él no ha tenido papel. Y siente envidia de todos los personajes pasados y actuales que la han besado, que la besan, que la habitan mientras él se está rompiendo la crisma encaramándose al guindo y ella no hace ninguna señal de paso. Siente envidia de sí mismo estando allí con ella, entrando de puntillas en su País de las Maravillas, sabiendo que ya no es cualquiera, que ya está allí con ella y que eso no lo logra todo el mundo, y le entra tanta alegría que se promete disfrutar de cada uno de los momentos que tenga junto a esa mujer, hacer todo lo posible para que ella aprecie también cada uno de ellos, y esto vuelven a ser sólo frases, intenciones, que el hombre del espejo cree conocer en su justa medida. La mujer de negro habla y habla, habla muchísimo, mueve sus labios besando el aire, besando el tiempo, besando (mi) deseo de ella. Es una mujer especial, los dos lo saben, no le gusta que la mitifiquen y hace bien, porque mitificarla es quedarse sin tanto de ella que se pierde en el cambio.

Poco a poco las palabras han llenado la noche de gatos y la maga ha llenado el alma del hombre del espejo de reflejos de besos callados, de recuerdos de gestos de encanto, de deliciosos matices, de excesos, de recatos, de mil regalos de palabras nuevas al decirlas ella y de este otro regalo más que el hombre del espejo se lleva a su rincón de los pensamientos solitarios, del regalo de esta noche con la mujer a la que tanto le gusta mirar vivir sin saber muy bien porqué, del regalo de estar por estar y nada más.

Pasean hasta el coche por la noche vacía y todos los gatos siguiéndoles, él piensa qué pensará ella, ella piensa…, ¿qué pensara ella? Ella le acerca a casa, él se despide de esos labios, piensa por enésima vez en besarlos, pero no. Se baja y ella se va.

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Del peligro de las rotondas y sus vueltas sin fin

 

Sábado 18,45 horas.

El Sujeto (e) Líptico se sienta frente a su ordenador, rodeado de una tenue luz (bombilla de 25 vatios) y una música que se cuela por entre las sorderas de su entorpecida escucha. Está que llega y se va, pero quiere sentarse, quiere estarse así, con él y con la escritura de ella.

Quiere escribir. No importa mucho qué, por qué ni para qué, sí importa (y esto es un secreto entre tú y yo) para quién. Quiere escribir aunque ya no se acuerda cómo se escribe, hacía ya algún tiempo que no escribía el tipo este, en realidad nunca tuvo de qué escribir, aunque lo intentaba de vez en cuando, pero siempre el aburrimiento podía con él.

Escribir era interpretarse a sí mismo tantas veces que (bueno, imagínatelo tú misma que ya vas conociendo al pollo) la cosa era insufrible. Ninguno podría explicar (ni él, ni yo, ni creo que tú) qué cojones le pasa al individuo para que de pronto tenga esta necesidad de escribir, pero no escribir cualquier cosa, tiene que escribir e-pístolas, tiene que escribirte e-pístolas a ti. Cojonudo.

El sujeto (e) Líptico comienza a escribir:

Señora,

Le voy a hablar hoy de un individuo que conozco cuanto apenas. En realidad tan sólo lo conozco de vista, de verlo de vez en cuando en el espejo, pero puedo asegurarle que no nos une nada, si acaso nos separa el mismo espejo. No sé quién es ni qué hace allí, frente al espejo, algunas mañanas, mirándome cómo si fuera yo el que lo miro a él; pero, en fin, lo que me lleva a citarlo es la necesidad de fijar desde el principio la procedencia de la historia que a continuación voy a narrarle, una historia que tiene tan poco que ver conmigo como el propio tipo que me la ha ido desgranando día a día.

No puedo con seguridad decirle cómo me ha ido transmitiendo esta pequeña historia, en ningún momento he sido consciente de oírla de su voz, ni siquiera de llegar a leerla de alguna manera intuitiva en el vaho del espejo, tan sólo puedo decirle que él me la ha contado a lo largo de días y días sin seguir ningún orden concreto ni alguna estructura en la que pudiéramos reconocer aquello que usted llama literario sea lo que sea eso de literario. Tampoco puedo decirle si la historia está completa o fragmentada, si ocurrió o si tiene que ocurrir. No sé como explicárselo. ¿Usted sabe cuando sueña (y de sus sueños me gustaría hablar otro día, señora), cuando de pronto despierta y recuerda el sueño, no le da la impresión de que el sueño comienza en el mismo instante de recordarlo?, ¿no sería más lógico recordar lo último soñado que todo el sueño en forma secuencial? Algo de esta sensación absurda tengo yo cuando quiero reconstruir la historia que ese individuo me contó desde el espejo a base de, cada vez estoy más seguro, mis propios pensamientos robados y editados en un montaje del director que nunca debería ver la luz del proyector.

La historia, como siempre, es mucho más sencilla que su narración:

Una noche de invierno el hombre del espejo circula con su coche (un viejo, sucio y decorado por las palomas citrôen AX rojo) por una carretera de esas todas llenas de rotondas que no conducen a ninguna parte. El hombre sí quiere ir a alguna parte, concretamente a un pueblo llamado Aldaba (cerca de la ciudad de X.). Como es habitual en él a la segunda rotonda no sabe ya dónde está (y lo que es peor, no sabe que no sabe dónde está) y se encamina por una carretera equivocada a un lugar equivocado. Sin darse cuenta se adentra en una población a la que él llama Chiribita (en cambio todos sabemos que se trata de Picabia, otra ciudad de cercanías). El hombre por fin se da cuenta de que está perdido y detiene su vehículo en una pequeña y solitaria plazuela con un jardín en uno de sus ángulos y cuatro gatos rondando por las aceras.

Baja del coche, piensa que podrá encontrar alguna persona que le oriente sobre su situación y su dirección. Comienza a caminar, atraviesa una, dos, tres bocacalles, otra plazuela, las calles están desiertas, no hay ni un sólo coche aparcado, ni una sola luz en los escaparates, tan sólo las mortecinas amarillentas luces de las calles y ese gato que es gata que le sigue a tres metros de distancia y se detiene cada vez que él se detiene. El hombre del espejo estaría asustado si los hombres del espejo se pudieran asustar. Se queda mirando a la gata durante dos o tres minutos, desde siempre le han puesto nervioso los gatos, reconoce en sus miradas esas verdades inexorables que son verdad aunque nadie las conozca, aunque nadie las diga. La gata comienza a andar y él la sigue durante siete vidas; al fin llegan a la misma plaza donde aparcó su coche, frente a este ahora se ve completamente iluminada una gran puerta de cristal en la que se lee pintado en los cristales un menú del día, se trata de un bar. El hombre del espejo cruza la puerta y se encuentra en uno de esos bares donde cada día viven varios días que se prestan las horas del barrechat, el anís y el sol y sombra, la comida con hervido y vino cabezón y todas las partidas de julepe perdidas de apuestas y humo de caliqueños. El bar está casi completamente desierto, sólo hay una vieja escoba apoyada en la pared y alguien sentado en una mesa al fondo, de espaldas a él, mirando por un ventanal a una multitud de gatos que se agrupan en la calle, gatos que miran a su vez dentro del bar a través del mismo ventanal. También está la gata que pasa junto a él y se dirige lentamente hasta la mesa ocupada, de un salto brinca al regazo de la persona que se sienta a la mesa. El hombre del espejo sigue el camino de la gata y se acerca a la persona sentada. Ahora la divisa mejor y se da cuenta de que se trata de una mujer. Va vestida con un largo abrigo negro y lleva una mochila negra a la espalda, su pelo es negro, no muy largo, le da un aspecto de heroína de manga que hace que uno empiece enseguida a sospechar que esa primera visión de la mujer va a bloquear su persistencia retiniana de por vida, adiós cine si la chica de la película se ha escapado de la pantalla.

El hombre del espejo llega a la altura de la mesa y, sin una palabra, se sienta frente de la mujer, con el cántico de cientos de gatos clamando más allá de la ventana. Ahora puede ver el rostro de la mujer.

Sus ojos son marrones, como de miel y tienen una quietud, esa quietud de armario con sábanas blancas, que de pronto empieza a brillar en mil gotas de ámbar que contagian la mirada y ya no se puede mirar otra cosa que la mirada de su mirada donde se reflejan todas las cosas como si el único espejo, la única pantalla, fuera ese pensamiento que el hombre del espejo cree adivinar en el fondo de ese color caramelo con manchas de risa. La mujer está bebiendo una copa de coñac, sus labios están pintados de rojo y su sonrisa aparece entre sorbo y sorbo mientras los cristales del espejo del hombre del espejo saltan hechos añicos. El hombre del espejo está completamente desorientado. La mujer le ha causado la misma impresión que Uma Thurman entrando en el bar de su tío en Beautiful Girls. Ha visto decenas de veces la peli en vídeo para ver si la Uma se escapaba de la pantalla y se iba con él y ahora presiente que va a escribir mucho en su ordenador para… (Licencia narrativa del autor 🙂 )

La mujer enciende un cigarrillo, exhala el humo y, por primera vez, parece dirigir con algún significado su mirada al hombre del espejo, entonces él puede darse cuenta de que se trata de una mirada con trampa, una mirada a contraluz que va cambiando mientras mira, va dejando al que la mira una rendijilla donde mirar dentro, pero ese diafragma abierto dura tan poco que el mirador se queda con la cabeza dentro y con el alma fuera, rota para siempre hasta el mismo momento de que una nueva apertura permita alcanzar un jironcito más del cielo que se cuece dentro de esa mirada.

Tras el humo suena el cántico de la sirena:

—¿Has venido hasta aquí para hablarme de las sirenas?

El hombre del espejo está absorto en lo que dice la mirada y tarda unos largos segundos en escuchar lo que dice la voz. Ahora sabe que no se ha perdido, que nunca quiso llegar a ningún sitio, que siempre quiso estar allí, frente a ella, y que, en el fondo, eso es lo único que cuenta.

Dirá lo que tenga que decir, hará lo que tenga que hacer, incluso se irá para siempre si hace falta para poderse quedar allí siempre, en ese momento mágico en el que lo que ve es lo que siempre ha soñado ver.

Al hombre del espejo no le sale la voz. Carraspea y pronuncia dos o tres frases ininteligibles. Se calla. Está muy serio. La mujer cambia su expresión y se queda seria también. Él comprende en ese momento que la única manera de quedarse allí para siempre es encantar a la sirena con su risa, también comprende que la tarea va a ser muy dura, él no destaca por su encanto ni su capacidad para simularlo, pero sí destaca por haber perdido demasiadas cosas como para no arriesgarse a perder una más. Y se ríe. A carcajadas. Se ríe hasta el punto de no tener ninguna gracia que se ría, e incluso eso le hace más gracia todavía. Y ella ríe.

—Sí. He venido para hablarte de ti.

—Y qué me vas a decir de mi que yo no sepa —dice ella entre las risas de todos los gatos que ahora han llenado el bar y contemplan la escena mientras se lamen las patas entre las carcajadas.

Te voy a decir que he conocido el placer de sentir vivas en tu voz palabras que yo escribí muertas. He oído hamacarse en tu boca la palabra sirena, la palabra tártaro y ha sido como meterse contigo durante una fracción de segundo en una burbuja mundo desde la que veíamos todo lo que nos rodeaba transparente, lejano y quieto. He estado tan cerca de ti oyendo tu cántico que sé que ya nunca podré estar más cerca y esto, que podría parecer triste (y que debería explicarlo en otro momento) no lo es, porque la solución de no ser destruido por tus cánticos no es atarse al mástil, es comprender que por mucho que prometas la sabiduría eterna, el maravilloso secreto de tu encanto está no en lo que prometes, sino en que lo prometes. La única forma de tenerte plenamente es escuchando tus cánticos y no exigirte nada más, deseando que por algún misterio insondable no me destruyas; simplemente eso, sirena.

Te voy a decir que el hecho de haber podido llegar hasta aquí, siguiendo a tu gata, y estar ahora arrullado por tus cánticos me da tanta alegría que, si ahora mismo tú desaparecieras para siempre, este único momento me llenaría el recuerdo de haberte visto vivir fugazmente y, aunque me olvidara de tus ojos y tus labios, de tu risa y ese callarse tuyo en el que parece que se callen todos los seres, siempre tendría en una parte de mi una parte de tu vivir. Te puedo decir también que cualquier cosa que haya vivido o sentido ha muerto desde que escuché la primera nota de tu voz. Desde entonces ya nada existe, ni siquiera tu propia voz, porque ha sido tal la fuerza de atracción que tu cántico ha provocado en mí, que al instante siguiente ya era imposible sentir lo mismo y tu sentimiento se nublaba con el recuerdo de tu sentimiento. Te puedo decir que he llegado hasta ti por caminos equivocados en los que me había perdido de mi mismo, ahora sé que los caminos nunca importan, importa el recorrerlos y sólo vale la pena recorrerlos si de vez en cuando algo te ofrece una ilusión, un breve momento en el que todos los gatos parecen reír, la íntima sensación de que tus ojos al mirarme conectan conmigo y se ríen felices de hacerlo.

Esas cosas tan pequeñas son las que dan tanto valor al que sabe renunciar a ellas. Por eso, sirena, yo me presento ante ti sin defensas, nada puedo perder más que a ti, nada puedo ganar más que un momento de tu cántico, de tu risa y tu estar junto a mi. Quizá al resto de los argonautas o quizá al propio Odisseo pudiera parecerle bagatela mi ilusión, pero yo soy un simple y pobre mortal, que ya no tiene nada que ofrecerte, si acaso los primeros achaques de una vida que ha discurrido poco contenida, los primeros atardeceres en los que ya no se mira a los barcos pasar, poco es eso para alguien como tú, que con solo mirar dibuja mundos nuevos, que con solo soñar habita paraísos donde los dioses jamás se atrevieron a despertar.

Te voy a decir, mientras intento olvidar mi voz y adentrarme por esa sonrisa que me recuerda tanto a Isabella Rosellini que tú, sirena, me has dado tanto ya sin darme nada, que aunque ahora mismo te convirtieras en la hidra de siete cabezas y acabaras conmigo yo ocuparía mi último pensamiento en la primera vez que me reflejé en tus ojos.

Tras decir esto el hombre del espejo queda en silencio, exhausto, con las sienes brillantes por el sudor. Los cánticos le envuelven, todos los gatos parecen ahora el mismo gato rodeándole, hablándole en lenguas clásicas que él jamás comprendió. Se da cuenta de que el silencio se ha llenado de todas las voces, no puede oír nada, sólo el silencio de todas las voces. Miles de pensamientos inconexos ponen letra a las melodías que se filtran por las paredes, los suelos, haciendo vibrar los cristales de los vasos y las tulipas de las sucias y anticuadas lámparas que cuelgan del techo.

A esta historia sólo le queda ahora el desenlace y, como tenemos que estar a la altura de los tiempos, señora, qué mejor que un final interactivo. Elija, a su buen entender y parecer, qué final prefiere de entre estos ambos dos:

a) La mujer, como si en ningún momento hubiera sido consciente de la presencia y las palabras del hombre del espejo, apura su copa, hace un leve gesto de aburrimiento, se cala con un estudiado y encantador movimiento sus gafas negras y lentamente se incorpora de su asiento, sonríe como para ella misma y se aleja hasta la salida. Al mismo tiempo y sin saber en qué momento de este intervalo, los gatos se han convertido en ruidosos parroquianos que gritan, se carcajean y maldicen a cada carta que con estruendo depositan sobre el verde tapete donde gastan sus días de julepe. La mujer ha salido del local, una estridente e irreconocible música amenaza con romper las sienes del hombre del espejo que sigue sentado en la mesa, en la misma posición, mirando al punto que ocuparon aquellos ojos de miel hace unos minutos. Pasan las horas, pasan los días. Ha pasado la vida.

b) La mujer, como si siempre hubiera estado allí, sentada junto a aquel hombre, apura su copa y estalla en una risa que es acompañada por todos los gatos, por cada una de las bombillas, de los vasos y copas que tintinean en las estanterías. Sin dejar de reír coge la mano del hombre sobre la mesa y se inclina hacia él, hasta que sus labios quedan casi rozándose. Ella entona entonces en voz muy baja, como si fuera un arrullo, una desconocida y cálida melodía. Cuando termina, en voz todavía más queda le susurra al hombre del espejo: “Yo no soy una sirena, yo soy…” (El hombre del espejo jamás me ha querido decir quién dijo que era la mujer). La historia termina aquí con beso, claro, hay que seguir los cánones.

Y esta es la historia, señora, que me transmitió, no sé cuando ni cómo, el hombre del espejo. Nunca he entendido su significado ni su calado, sí sé que al hombre del espejo parecía importarle más de lo que quería mostrar. Sea como sea, yo se la transmito porque sé de su alta y profunda capacidad para entender cosas que el resto de la gente sería incapaz de vislumbrar más allá de su simple y vulgar apariencia.

Pero, discúlpeme señora mi falta de formalidad, si alguna intención primera tenía esta e-pístola mía era la de hablarle como le prometí de las sirenas y las musas. Achaque mi desliz a mi memoria de trampantojo y a mi facilidad para encararme a los cerros de Úbeda, donde, por cierto, hace un frío que corta el hipo, pero bien, me emplazo para hablarle de las sirenas y las musas en una próxima e-pístola, no la entretengo ya más con mis cuitas que de seguro que a seguir así mucho tiempo importunándola me va a mandar al alguacilillo y no estoy yo para problemas ahora con los mangas verdes.

Teniéndola en un profuso y sumo respeto, le deseo lo mejor,

Suyo,

El sujeto (e) Líptico

El sujeto se levanta medio renqueante tras el largo tiempo tras el ordenador. Como de costumbre se le ha ido el santo al cielo y casi no llega a recoger a su amiga (y sin embargo vecina) para ir al cine. Pero claro, pocas ganas puede tener después de haber estado junto a una sirena que le recuerda a Uma Thurman y se parece a Isabella Rosellini. :))

Un beso Julia, y perdona a estos muñecos de papel que han tomado tu correo al asalto, yo intento controlarlos y moderarlos, pero ya sabes lo que pasa con estas cosas, a la mínima se te suben a las barbas y campan por sus respetos. No te preocupes en demasía por tu pereza al contestar, aunque ellos, como tú, también saben del gozo de recibir correo y les haría mucha ilusión tenerlo, comprenden que la incontinencia que poseen afortunadamente no está extendida al resto de la humanidad. Además, ellos se sienten contestados por otros medios, que muchas veces valen más que mil hueras y repetitivas palabras. Joer, ya se me está pegando a mi también la incontinencia. Adiós.

Gonzalo.

 

 

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Correo electrónico de Gonzalo a Julia (I)

“Julia, te he acusado de recibo en otro mensaje automatizado porque no puedo acusarte de otra cosa. :))

Hoy has nombrado la hermenéutica con ese cripticismo tan propio de los que han crecido respirando fragancias de jardines árabes. Esa palabra, hermenéutica, a la que le han cerrado sus secretos con una h que parece siete llaves, me trae a la imaginación olores de lavanda en sábanas gastadas guardadas en armarios que esconden esperas de alguien (podría ser un niño, pero es probablemente un niño viejo) que no sabe muy bien lo que espera, pero que, mientras tanto, se siente encantado percibiendo que el olor que le llega es el olor de los dichos nuevos, de las risas nuevas, de todo lo que se puede esperar cuando ya no se espera nada. Como sabes son sólo palabras que se cruzan, que se arman y derraman por todo el armario donde el olor huele a blanco de almohada acostumbrada y a esos momentos en los que lo que se vive parece comenzar en un escenario construido a medida de otros sueños que siempre nos parecen nuestros, aunque, por desgracia, siempre se nos rompen cuando los queremos hacer de los otros.

Pero hablando de sueños y hermenéuticas tengo que volver a vestirte el tratamiento y decirte:

Señora, ¿usted me habla de cánticos de sirenas?, ¿cómo podría yo contestarle a eso?, ¿debería escoger el papel del embrujado o podría intentar el embargo del embrujo?, ¿conseguiría tornar los cánticos en susurros si mis amarras soltara o simplemente conseguiría que las burbujas de mis sueños estallarán?, ¿debería tender mi mano al destino o apretar los puños mientras veo desfilar de nuevo un mañana? Es tan difícil la jugada que el sujeto no sabe bien si amagarse en el fondo del escaque o si recuperar su antiguo sextante de fijar estrellas en cada nota que nace de la garganta de una sirena amarrada a su cola de fantasía en un music-hall donde se prohibe la entrada a la cobardía. Yo lo único que sé, señora, es que los cánticos existen y que las sirenas, que cantan, en el fondo siempre han sido chicas que valían la pena, que llenaban la noche y hasta la anochecida con un solo estar y saberse que las únicas amarras eran las de su querer seguir, allí, compartiendo la melodía.

De cánticos y de musas quería yo ahora hacerle ver algunas minucias más, pero dado mi estado de postración y lo avanzado de la hora, es de aconsejar que cese por el momento mi perorata y me emplace a mi mismo para una más profusa y adecuada argumentación. Hasta ese momento quedo, como siempre, suyo y del mástil, oyendo cánticos que suenan a conversación tibia y sonrisa entre copas y alguna música de guitarra, a descubrir y descubrirse a cada nueva sonrisa. Y perdón si el discurso es tan vacío, pero usted sabe que cuando las sirenas empiezan sus cánticos ya hace tiempo que han surtido efecto.

He hablado con nuestro hombre en el poli. No tienen el vídeo. Voy a seguir buscando. No hay nada mejor que una nueva búsqueda.”

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