La bolsa

Fumar un cigarrillo en la terraza de aquel viejo edificio mirando al puerto es vivir. Fumar es vida, tiene su sístole y su diástole, aspiras el humo y todas las lucecitas que se mueven allá abajo, el choque de copas y risas y suspiros que no se escuchan, exhalas todas esas cosas que se te agolpan dentro como humo contaminado, recuerdos o inventos de recuerdos y olvidos y disimulos de olvido. Alejandro, cuando fuma así tranquilo (pero la tranquilidad no existe), como a escondidas, apoyado en la barandilla oxidada, como si se escondiera, como si por fin hubiera podido esconderse y no ser, intenta esperar siempre cuatro segundos antes de expulsar el aire. Necesita sentirlo calentarse en su esófago, abrigarlo por dentro de tanto frío, de tanto mareo de no saber dónde ir o de dónde venir, necesita notarlo recorrer cada rinconcito de sus pulmones malhumorados, tosedores de madrugadas, inhóspitos y aterrados de soplos y ruidos cavernosos. Inspirar exhalar, inspirar exhalar. No hay mucho más.

Huele a lluvia recién ida. El verano está a punto de llegar y la noche es tan clara como la luna. Cuando era niño, a la hora de la cena, su madre lo sacaba al balcón con una pataqueta de tortilla con longanizas entre las manos y un vasito de zarza para acompañar. Vivía en una calle ancha en la que todavía no pasaban muchos coches, ni mucha gente. Enfrente de su casa, un poco esquinado, había un gran solar en el que durante el verano montaban un cine, lo que se llamaba una terraza de verano. Con la pataqueta en las manos y los ojos bien abiertos dejaba que las imágenes oblicuas se le pegaran sin parpadear. El sonido de los diálogos inundaba la calle, voces que parecían truenos, llantos que parecían ecos de alguna lágrima que su pequeño entender intentaba abortar. Las películas, él no lo sabía muy bien aún, eran sólo películas, los actores eran de celuloide, los sueños no tenían fronteras ni heridas, el olor a lluvia invadía muchas veces la calle como si fuera un decorado que le dibujaba un nuevo vivir, un nuevo mundo encantado donde todo lo que pensaba, todo lo que quería, se reflejaba en la misma pantalla con sólo cerrar los ojos muy fuerte hasta que se convertía en realidad. Él aún no podía pensar que la diferencia entre realidad y ficción depende sólo del grado de inclinación de la pantalla, no podía pensar que el olor a lluvia terminada era sólo el sentimiento de una nostalgia, de una pérdida. Tampoco sabía aún lo que era una pérdida.

Cuatro segundos y exhala el humo. Cada calada del cigarrillo es un nuevo impulso, un palmo de terreno entre lo que es y lo que fue, milésimas de vida que ya no existen, que ya no volverán y se quedan para siempre entrando y saliendo, punzando cada tiempo, cada respiro. Alejandro exhala recuerdos como si fueran buñuelos de humo, los deja hincharse lentamente en los pulmones hasta explotar sin pena, desteñidos, deslavazados de todo lo que creyeron ser, desnudos de lluvia y de nostalgia, muertos de estar muertos y de haber estado vivos. Los recuerdos sin olor a lluvia son como aquellas imágenes en blanco y negro de las películas clásicas americanas. Edward G. Robinson con su puro entre los labios mirando a la mujer del cuadro, la mirada enamorada de Ingrid Bergman mientras suena otra vez aquella canción, Rick envuelto en el humo de su cigarrillo, que no son más que sus recuerdos. El recuerdo de mis putas tristes, sonríe Alejandro, mientras se deja envolver por el humo de aquellos nombres de mujer que le han ido desgarrando la película de sus lluvias, el recuerdo de Sara, tan presente, andando de puntillas como si atravesara un lecho de brasas. Cada nombre es una muesca más labrada a fuego lento. No quiere nombrarlos ahora. Sólo Sara.

La noche se ha quedado preciosa tras la lluvia. Soledad era el nombre de un poema que escribió de adolescente. Ha sido su única compañía desde entonces. Esa soledad que no es nombre de mujer, sino su recuerdo. Cuatro segundos aguantando el humo y comprende, una vez más, porqué no la gente, porqué no su compañía, porqué mejor andar solo, respirar solo, querer solo, llorar solo. El humo le dibuja en el pensamiento aquellos días y días en el colegio, terminada la clase, andando por la calle, o en el recreo, o incluso en el aula con la aquiescencia absentista del profesor, los gritos de toda la clase gritándole; muerto, muerto, muerto; aquel apodo maldito que algún cruel aprendiz de psicópata había creado para él y que tanto éxito alcanzó entre la cobarde multitud; muerto, muerto, muerto; y él llorando, avergonzado de sentir aquella pena, esa pena, que no es recuerdo, que son alfileres, cientos de miles de alfileres clavados en los pulmones, ahogándole para siempre, toda la clase apiñada a su alrededor, sin dejarle escapatoria de aquella pesadilla; muerto, muerto, muerto; sin poder correr, sin poder gritar porque gritar es asumir el insulto, dejarse clavar la garra de aquella injusticia, aquel odio depravado de los demás niños que luego serán eso que llaman gente. Suelta un puñetazo al aire, pero no tiene fuerza, los demás niños se ríen y se envalentonan más, la unión hace la fuerza, gritan y gritan; muerto muerto muerto; y su compañero Rivas, se acerca a él, el único, y en voz baja le dice no llores, no hagas caso, pero él no le puede explicar que sus lágrimas no son llanto, es sólo la lluvia que le protege de que lo que está pasando no le pasa a él, de que es una peli más de esas que veía en la terraza de verano desde su balcón, que esas lágrimas son la lluvia que limpiaba el verano, la vida, que dejaba relucientes las aceras para que las pisadas del sereno acercándose chapotearan rimando con el sonido de llaves entrechocadas, con las respiraciones entrecortadas de la gente persiguiendo al extraño, la gente persiguiendo al golem inocente hasta matarlo. Alejandro no le puede explicar a Rivas, ni siquiera él lo sabe aún, que la gente tiene razón, que está muerto, que nació muerto y sin poder respirar en este mundo abrasador, con los pulmones llenos de humo y ahogados por una nostalgia que aún no ha tenido tiempo de existir, que cuando mira las películas no puede, ni siquiera cree que quiera, identificarse con el héroe, que siempre siente una pequeña pena que le lleva a acompañar al villano, al perseguido, al triste, hasta alguna terraza llovida, donde pueda contar cuatro y exhalar el humo.

Sólo Sara. Sus pasos ágiles y a la vez reposados caminando cada día desde la Academía de Bellas Artes a su casa. Su culo bien dibujado por los Levis 501 azul celeste, su camisa blanca dejando transparentar el sujetador blanco, su pequeño mohín formando un hueco en su mejilla derecha cuando se piensa una propuesta a la que va a decir sí, el mismo mohín en la mejilla izquierda cuando va a decir no. Su sonrisa abierta, de dientes impecablemente blancos de buena familia y visitas al dentista y aquellas primeras ortodoncias. Su mirada traviesa de cuando ya tenía confianza, su mirada alerta de los primeros días, comprobando cada vez si el calco de lo que quería mirar se correspondía al milímetro con lo que miraba, su mirada triste de aquella primera vez en que las líneas no casaban, su mirada azul cuando miraba el mar, su mirada esponjosa del primer orgasmo compartido, su mirada celosa de los días que vendrían, su mirada tranquila de después de follar, su mirada ensoñada de después del porro, su caricia en la mejilla de Alejandro como una aceptación, su mano tan acostumbrada a empuñar el pincel como si fuera un bisturí con el que diseccionaba lo externo hasta convertirlo en ella misma, su mano temblorosa del momento de discutir, del miedo a discutir, del miedo a después de la discusión. Los miedos de Sara, el miedo a repetir dos veces la misma frase, el miedo a que el duende no la quiera, a que el duende salte del cuadro y la convierta en cuadro, el miedo a morir, el miedo a vivir, el miedo a querer tanto que no poder querer más, el miedo a las ramas de los árboles porque son personas muertas de sufrir mucho, el miedo a las ratas y a las cucarachas, pero no a los saltamontes, el miedo a los perros rabiosos, pero no a los gatos, el miedo a dormirse y soñar que sueña, el miedo a dormirse y no despertar, el miedo a despertar y que todo haya sido un sueño, el miedo a no ser más que un sueño de alguien o algo, el miedo a tener miedo, el miedo a no tenerlo cuando hay que tenerlo, el miedo a las películas de miedo, de vampiros y de hombres lobo, el miedo al Exorcista y a El resplandor, el miedo al coito anal, el miedo a perder la memoria, la identidad, el miedo a ser un doble de sí misma, el miedo a no ser hija de sus padres, el miedo a decir tonterías y a preguntarlas, el miedo a no saber, el miedo a saber demasiado, el miedo que le dan los silencios de Alejandro, la mirada a veces huidiza de Alejandro, el miedo a engordar y no gustar, el miedo a estar demasiado delgada y no gustar, el miedo a no follar bien, a no ser atractiva, a tener la regla y mancharse, el miedo a que se huela su regla, el miedo a ser mujer, el miedo a no ser lo mujer que debe ser, el miedo a tener hijos, el miedo a no tenerlos, el miedo a no pintar bien, el miedo a pintar tan bien que lo que pinta deje de ser real, el miedo a hablar en público, el miedo a hablar inglés a pesar de hablarlo perfectamente, el miedo a lo que la gente piense de ella, el miedo a que piense la gente que es una niña pija, el miedo a que sus padres sepan que sale con Alejandro, el miedo a que Alejandro piense que es una zorra, el miedo a que Alejandro piense que es una ñoña, el miedo a que el hoyito de sus mejillas se convierta en un surco de vieja, el miedo a las multitudes, el miedo a los alborotos, el miedo.

En el bolsillo trasero de los vaqueros lleva guardada la bolsa de plástico. La encontró por casualidad en el cuarto de Sara la semana pasada. No le dijo nada y la guardó. Quizá entonces es cuando empezó a suceder todo, cuando empezó a suceder esta noche de lluvia y muerte. La bolsa es de un comercio de la calle Karlova, una tienda de esas donde venden cristalería de Bohemia a los turistas. Seguramente es la bolsa donde Sara transportó las copas que ahora están en el aparador del comedor. Son seis copas de licor talladas formando una cenefa de diamantes cerca de la embocadura. Cuando vio la bolsa y luego las copas comprendió que Sara había realizado aquel viejo proyecto que juntos soñaron, también comprendió donde estaba el cuadro. Una cosa llevaba a la otra. Un sueño lleva a una decepción, una bolsa lleva a una ciudad, un cuadro lleva a morir. Pero eso es lo de menos. Ella había ido y seguramente se habría dirigido hasta la torre Daliborka alguna noche de luna llena para escuchar el violín que lo inundaba todo, habría entrado en la torre y habría rebuscado en cada grieta para encontrar el mensaje, para comprobar una vez más que él no había cumplido su palabra, que él no había sido capaz de cumplir ni uno solo de sus sueños. Seguramente, pero esto Alejandro lo pensaba por querer pensarlo, sin tener ninguna razón para ello, Sara habría hecho un pequeño dibujo o habría escrito unas cuantas frases en un papel y lo habría escondido en una de las grietas, por si él alguna vez iba a buscarla allí, por si alguna vez se decidía a cumplir una sola de las tantas cosas que se prometieron hacer el uno por el otro, de las que se prometieron hacer juntos. Sara habría viajado con el cuadro. ¿Dónde si no iba a estar? Habría recorrido aquellas sinuosas callejuelas por las que tanto habían andado sin salir de la cama, habría cruzado el puente y se habría dirigido a Malá Straná, habría pasado por las embajadas, por la calle del tranvía, por el túnel, aquella casa… Quizá habría conocido a Violeta y le diría que se hiciera cargo del cuadro, que lo cuidara hasta que Alejandro un día llegara, cuando ella ya no estuviera… Sara tenía miedo de saberlo todo y de que todo fuera verdad.

Seguramente hasta que encontró la bolsa Alejandro no comprendió qué era lo que le estaba pidiendo Sara, por qué no quería darle el cuadro, decirle donde estaba, hasta que él no cumpliera su parte, por una vez. Por eso la cocina, por eso el beso, por eso te voy a follar como entonces, por eso pero antes me follabas porque me querías, por eso te quería, por eso. ¿Te atreves con la bolsa? Y su hoyuelo unos segundos en la mejilla izquierda, luego unos segundos en la mejilla derecha. Sí, me atrevo, ya no me das miedo, ya no tengo miedo de nada. Y bajarle las bragas, y ponerse el condón, ¿a estas alturas vamos a follar con condón?, sí, es mejor así, no hagas preguntas y obedece. El miedo a obedecer, el miedo a dejarse llevar. Ya no hay miedo, ya no importa nada. Cierra los ojos y no pienses en nada, sólo siente mi polla, siente mi vida encima de la tuya toda la vida, toda esta puta vida, mi cariño, mi amor, mis noches de lluvia, siénteme encima de ti, abrazándote, poniéndote la bolsa en la cabeza, tu rostro se dibuja difuminado a través de ella, como si el papel de calco estuviera movido, como si cada línea tuya fueran dos, la mía y la tuya, como si ese doble que tanto temías se hubiera apoderado de mí para apoderarse de ti. Sara se arquea, las piernas bien abiertas, los ojos cerrados, los dibujos del mar y aquellos días palpitando en las sienes, nota el pene de Alejandro introducirse en su vagina muy despacio, muy suave, está allí cuatro segundos y ella contiene el aire cuatro segundos, el pene sale y ella exhala el aire de sus pulmones, la bolsa se empaña más cada cuatro segundos y Alejandro ve el rostro de Sara cada vez más borroso. Pasan cuatro segundos y cuatro segundos y cuatro segundos y el rostro de Sara ya no se ve más hasta que Alejandro retira la bolsa. Sara tiene el rostro azul y los ojos cerrados, en su mejilla derecha parece adivinarse la huella de un hoyuelo.

Alejandro aplasta muy lentamente el cigarrillo contra la barandilla de hierro. La noche es preciosa, la luna está llena y recién duchada por la lluvia. En el puerto siguen las copas y las risas, ya es hora de bajar y montar su puesto de bocatas en el paseo. Es viernes y va a ser una muy buena noche. Un día, muchos años atrás, paseando por la playa, Sara le dijo que le daba miedo lo que él escribía. El se quedó un largo rato en silencio, asustado de que ella se hubiera dado cuenta ya de lo muerto que estaba. Luego la abrazó suave frente a la orilla, la besó junto a la oreja y le dijo: “tienes que llenarme los bolsillos de tus palabras, así nunca tendrás miedo de lo que te escriba”.

Aguantó el humo cuatro segundos más y lo exhaló.

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Terapia de Alejandro

El programa de reeducación de Alejandro simplemente consistía en imaginar.

La voz más agradable del mundo, aunque con ciertos tonos metálicos, le indicaba:

—Cierre los ojos e imagine.

Entonces Alejandro cerraba sus ojos con fuerza y tras sus párpados se dibujaba una mancha rojiza donde había habido luz y estrellitas minúsculas y brillantes donde había habido recuerdo. A los pocos segundos la mancha roja se iba difuminando y las estrellitas se reproducían por miles, incontables con palabras, imposibles de distinguir entre el ayer o el mañana, impregnadas de dolor algunas, sudorosas de alegría las pocas. Y entonces Alejandro ya no estaba mirando hacia fuera, todo lo miraba a él, y la voz un poco metálica carraspeaba como acomodándose a él y le susurraba:

—Alejandro, cuénteme.

Y Alejandro no podía hablar, un sueño de éter se le agarraba a la garganta, pero una estrellita se abría paso entre las otras y allí estaba Sonia, en la otra acera esperando que cambiara el semáforo, nerviosa con las piernas que se le cruzaban como si no aguantara más las ganas de ir al baño, y eran ganas de verlo a él, de cruzar la calle de una vez y no tener que estar aguantando esa mirada de espera esposada a una luz roja. Y cruzó con su sonrisa nerviosa, con toda esa ilusión que se le ponía a bailar en aquellos ojos que parecían un arco iris, luces verdes y azules y miel dibujándose en los párpados cerrados de Alejandro hasta hacerle musitar como un ruego su nombre.

—Alejandro, hábleme de Sonia.

Y Alejandro sigue callado porque las palabras se le cincelan como huellas en eso que Sonia, con su voz de quererte regalar un saber, llamaría hipotálamo, quizá. Las palabras le golpean como en un atanor hasta convertirse en imágenes que la proyectan como si estuvieran de nuevo en un cine de aquel verano, le conmueven como aquellas bandas sonoras, como aquellos diálogos imposibles de los filmes clásicos americanos. ¿Te alegras de verme o es que llevas pistola? ¿Te alegras de verme o es que esa risa de tu hola se desborda porque estás nerviosa? ¿Te alegras de verme o es que el mundo ya no existe y estamos en un cine de sesión continua?

—Alejandro, no llore.

Y Alejandro llora sin parar como lloraba Oliverio Girondo, como lloraba Dario Grandinetti, llorándolo todo, llorándolo bien, con la nariz con las rodillas, de frac de flato de flacura, llorar la digestión llorar el sueño. Alejandro llora de alegría, pero esto nadie lo puede saber, ni siquiera él, llora de verla de nuevo aunque sea en un sueño inducido, en una regresión maldita que le abre las compuertas del llanto y le rompe las bisagras de ese fondo de armario donde quiere esconder el daño que hizo, el daño con el que la quiso.

—Alejandro, no se ría.

Y Alejandro ríe a carcajadas, sin parar de mover su convulsa barriga, sujetándose con los diez dedos las entrañas de la memoria, sujetando con dos dedos aquel pezón sonrosado que parecía más un botoncito de juguete que encendía todas las luces de alguna noria. Y Sonia llevaba un papel en la mano. Había impreso todos sus cuentos para leerlos en el metro. Y él, tan acostumbrado a que la gente no pierda el tiempo en sus palabras, se siente orgulloso de que una mujer así se recueste entre sus líneas y relea en voz baja y le mire y otra sonrisa y le coja el brazo como en un salto de rana, cantaban las letras en su boca en aquel cuento sin hadas donde la magia se vestía de coma.

—Alejandro, no diga tonterías.

Y Alejandro se queda callado, callado en su tumba, regando los geranios, regando las imágenes de aquella sonrisa que algún día fue un regalo. Ella le aconsejó sobre el orden de los cuentos, él se convenció de que el único orden posible era ella. Almorzaban cada día juntos, cerca del río, y las palabras eran como torrentes que inundaban los silencios. Hasta ellos hablaban sin parar aproximándose en círculos, en elipses que cada vez estrechaban más sus radios. Aquella mujer, aquella mujer, que un día le besó en el ascensor del metro…

—Alejandro, cállese. La sesión ha terminado por hoy.

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Gonzalo le dice a Ramos:

“Cuando era chico tenía una atracción especial por los mapas, por los nombres de las ciudades. Me pasaba horas recorriendo el mundo en un mapa, hacía viajes imaginarios en los que conocía a gente, luego se me quedaban los nombres de esos lugares dando vueltas en la cabeza durante días. A veces los escribía en una libreta: Sebastopol, no paraba de escribir Sebastopol hasta llenar la hoja entera. Otras veces escribía un nombre como Marsella o Heraklion, y a continuación me inventaba una historia en la que la o el protagonista se llamaban de esta forma.

De pronto, un día se me ocurrió consultar estos nombres, estos lugares, en la Espasa de mi padre. Comencé a acumular información sobre ellos y fue como si el encanto se diluyera, ya no podía inventarme ninguna historia sobre ellos. El encanto de leer un nombre por primera vez se va perdiendo poco a poco cuando ese nombre se va vistiendo con datos. Recuerdo que para mí fue sorprendente encontrar el nombre de Espronceda, un nombre fuerte y a la vez noble en el que se vislumbra una importante ternura al discurrir de sus letras, un nombre que es como un camino soleado atravesando un tupido bosque. Luego a ese nombre le puse un hombre, una historia, unos actos, y el camino dejó de ser camino, el bosque dejó de ser bosque…”

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Aquella canción de Olé Olé

Un día sentí amor por una mujer que no me quería. Ella era camarera. Yo también. Trabajábamos juntos en el mismo garito de la playa. Se llamaba Isabel y tenía un novio cantante y un hijo y muchos lloros y alguna buena hostia del cantante seguida de un polvo de los que lo arreglan todo. Antonio el cocinero me gritó delante de todo el mundo: “Quita esa mano que es lo que te pierde”. Yo le estaba tocando el culo mientras ella fregaba frente a la ventana que daba a la playa. Ella no dijo nada, pero por la noche cuando estábamos en el terrado recogiendo sillas para bajarlas a la terraza me dijo. “¿Tengo que llamar a un hombre o qué?” Yo no supe qué decir porque la quería como yo quería no como ella podía ser querida.
El antro se llamaba Sonido 77 y estaba a la orilla de la playa. Abría las 24 horas y allí se podía encontrar desde una hamburguesa requemada hasta una coca bastante poco cuarteada. La música era la ochentera del momento y a mí me gustaba ponerle por las noches la canción de Olé Olé, maldito pop comercial, y mirarla mientras servía copas con su esbelta figura de madre primeriza.
Antonio el cocinero llegaba todas las madrugadas a eso de las cuatro. Nada más verlo aparecer le preparaba un carajillo y una copa de 103. Era la única forma de que pudiera dejar de temblar y articular su primer buenos días malhumorado. Sus ojos bizqueaban al mirar, de tantas cosas vistas ya, o de tantas cosas perdidas, y su sonrisa era un charco de saliva de la que sobresalía un palillo de dientes como único mástil sin viento, parado entre dos aguas o dos muertes, no puedo decir lo que nunca pensé. Él me explicó que las anchoas se hacían de los boquerones y que los amores borrachos solo duran lo que dura la borrachera. Pero yo a ella la quería, quería quererla y soñar con ella y acompañarla a cenar en el bar de al lado un bocata de bacon y queso, su mirada mirándome acostumbrada a dejarse mirar, a dejarse acariciar y balancearse sobre mis sueños como si solo así se pudiera cumplir lo que queremos.
Yo había dejado a Sara pocos meses antes. No quería pensar en ella ni en nada. Isabel me llamaba Alejandro, el hombre sin pasado, y me hacía caracoles en el pelo. Un día el dueño del chiringuito se la llevó a darle una vuelta en su camión. Estoy seguro de que se la tiró porque cuando volvieron ella estaba muy dulce conmigo. Quise llorar de rabia, pero solo pude hacerlo de pena. Llevaba unos pantalones blancos muy ceñidos, las braguitas se movían a su trasluz y los restos de arena me lo dijeron todo. Al poco entró su novio el cantante y ella se colgó a su cuello para besarle. Se quedaron abrazados en la barra mientras yo fregaba los vasos. Estaba tan hermosa así vencida en él, con las lágrimas resbalándole por las mejillas como lloraría una figurita de Lladró. Tan mentira y tan verdad. Tan porcelana y plástico usado repitiendo siempre la misma escena, la misma necesidad de entrega y desperdicio, lluvia lenta de lágrimas cayendo en la arena embarrada.
Le pedí a dios que aquella noche el cantante le diera su merecido, que le hiciera restallar las nalgas con su cinturón, que le hiciera sentir todo lo que ella necesitaba sentir para que al día siguiente se encontrara más vacía y desvalida que nunca. Deseé que su niño de cuatro años los viera, que nunca en su vida pudiera borrar aquella imagen de su mente, que los odiara y que ellos supieran por qué. Deseé odiarla y hacerle sentir todo el daño que yo sentía, deseé ser capaz de hacerle todas las perrerías que sabía le hacía el cantante porque sería la única forma de que ella pudiera quererme como le quería a él.
Isabel se giró sobre el cuello de su novio y se quedó mirándome con aquella suavidad que me reservaba cuando estábamos solos. Me pidió que le pusiera otra cerveza al cantante y yo me dirigí hacia el grifo. Bajo la barra teníamos siempre un revolver preparado para lo que pudiera pasar. Lo agarré de las cachas como si estuviera acariciando aquellas ancas de potra obediente, arqueé mi dedo sobre el gatillo como tantas veces imaginé arquearme sobre sus caderas. Ella seguía mirándome con las lágrimas en las mejillas, con su sonrisa de pena y necesidad de amor, de dolor. Tuve miedo al ruido de aquel cañón, a luego tener que hablar, explicar o simplemente callar, a las copas estrellándose contra el suelo, la cerveza derramada, la música muerta, o a no saber si disparar sobre ella o sobre él, o sí saberlo, disparar sobre ella y no poder olvidar jamás aquella preciosa cara llena de lágrimas y sangre.
Le serví la cerveza y el me lo agradeció con simpatía. En eso entró Pecho Lata y le serví otra cerveza. El marino borrachín empezó a contarme una de sus historias y al rato estaba riéndome de mí mismo. Ella era tan preciosa.
Después del verano cerraron el garito y no volvimos a vernos hasta muchos meses después. Yo estaba medio borracho, tumbado sobre un banco del paseo marítimo. Isabel y su cantante venían paseando con su hijo en medio, agarrado de las manos de ambos. Parecían tan contentos, tan saludables, mientras cantaban la canción de Olé Olé a tres voces. Cuando pasaron junto a mí bizqueé los ojos para que no me sintieran mirarlos. El cantante me señaló y le dijo algo al oído. Los dos se rieron burlones como el estruendo de un disparo. No he vuelto a verla nunca más.

 

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El perfume de Julia

Julia utiliza un perfume: white.

La primera noche que duerma con Gonzalo, cuando se vaya al amanecer, rociará la cama con su perfume.

Cuando tiempo después Gonzalo visite a Van Loos en París, percibirá al irse el mismo perfume.

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Lectura de El Mundo, de Juan José Millás (20-04-09)

 

Pp. 148: “… entre el público se encontraba María José (una quimera). Volví a mirar a la mujer (…) y comprendí entonces que se parecía a María José, pero que no era ella (…). Y a cada paso que daba se iba convirtiendo un poco más en la María José real (…). Nos dimos un beso…”

Pp. 157: “Entonces comprendí de súbito que uno se enamora del habitante secreto de la persona amada, que la persona amada es el vehículo de otras presencias de las que ella ni siquiera es consciente.” (nubes azules).

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La máquina del amor

Desde donde me encontraba podía contemplarlo casi todo. La luz mortecina venía suave hacia mí y me recortaba figuras que se deformaban en el espacio, ecos de risas y llanto, estertores de máquinas y pitidos infrahumanos que mapeaban el otro lado de la oscuridad. Al momento de distinguir cada imagen no recordaba si la había visto o imaginado, un olor a infancia y a niños corriendo quería atraparme en hilachas de historias que quizá no eran ya mías. Un niño perdido buscando una mano que lo encontrara me gritaba acusador, miles de pasos golpeando el asfalto retumbaban en su llanto mientras el suelo se llenaba de caramelos envenenados; luego la voz de una madre, la voz de mi madre cantándome cielito lindo me llevaba a una ventana llovida con brumas de sombras escurriéndose en la tormenta de los gritos de algún padre borracho. La angustia volvió de nuevo y los pitidos de alarma de las máquinas acuchillaron el duermevela. Un pelotón de revuelos se arremolinó alrededor del nicho de enfrente hasta que los verdes y blancos tiñeron la penumbra. Una voz de mujer gritando “rayo” como un trueno hacía separarse a todo el mundo unos metros hasta que un fogonazo se convertía en relámpago. El gorgoteo era insoportable hasta matar.

Todo ocurría sin ángulos, sin tiempos, sin pasar, hasta que de pronto unos ojos zíngaros descorrieron el tenue velo de la tortura y se apoderaron de mí. La muchacha se separó del tumulto y se acercó hasta rozarme el sudor de la frente con sus dedos. Me dijo, tranquilo, no pasa nada, con un cariño necesario de esos que se sienten al decir, y su mano me acarició la mejilla como si fuera mi madre cantándome en susurros. Me acercó la pajita a los labios para que bebiera un poco de zumo de piña. El calor de su mano y el frío de la bebida me hicieron pensar que estaba vivo.

Quise preguntarle su nombre, pero no tenía voz ni lenguaje para hacerlo, en mi cerebro solo había espumas y algodones que aplastaban cualquier intento de verbalizar aquellos ojos de carbón que se estrellaban al mirarme. Sentí que la llamaría señorita Cora, esta otra señorita Cora, y creo que ella me sintió porque me apretó suavemente la palma de la mano.

Desde aquel momento mi mirada se convirtió en un panóptico que seguía a Cora allá donde fuera. Si por unos breves momentos desparecía de mi vista, me quedaba fijo mirando el punto por donde lo había hecho, esperando como aquel niño perdido que reapareciera para rescatarme de lo oscuro, de la sensación insoportable de que no iba a volver a ser yo. Los cables que me ataban a las máquinas y a sus vidas no me permitían el más mínimo movimiento, la angustia volvía a cada intento de moverme y en alguna ocasión deseé vomitar sobre mí mismo para que ella viniera a socorrerme.

Las horas solo pasaban cuando me dormía, entonces los sueños me atrapaban hasta retorcerme de dolor. El miedo es un enano que se te va hinchando, leí en la vieja tapia del cementerio, y me dejé engañar por una voz dulce que me contó la historia del noble Dalibor, aquel que en la oscura torre de Praga donde lo habían encerrado tocaba el violín por las noches para apartar la locura de su horror. Dicen que aún hoy en día se oye el sonido de su violín si paseas por allí las noches de luna clara. Yo sé que lo que se oye son los alaridos de dolor que le provocaban las torturas en el potro al que yo estaba atado ahora, aterrado de miedo a despertar y de miedo a dormir, pidiendo a gritos que rebotaban en mi cráneo que me dejaran diluirme en aquellas sombras que me querían proteger para siempre.

De pronto mi máquina se puso a pitar como una desposeída. Desperté como si hubiera caído a un pozo y el pulso me golpeaba las sienes como si Prometeo quisiera destruir allí mismo el mundo. El revuelo estaba ahora girando sobre mí y otra vez las voces de cariño y tranquilo, tranquilo, me llenaron de pavor porque sonaban como cápsulas de cianuro o sueros de una verdad que yo nunca supe distinguir de sus mentiras. Me oí gritando Cora, Cora, y sus voces querían convencerme de que no pasaba nada, que Cora vendría a salvarme de mí mismo, de toda esa parte hedionda de mi yo que se había apoderado de mí. Grité, esta vez sí, con todas mis fuerzas, pero ningún sonido salió de ese muñeco con cables en que me habían convertido.

Otra vez todo estaba quieto. La penumbra bailaba como una mariposa alrededor de la luz mortecina. Un hombre vestido con un mono verde me inyectó algo en el cuello y noté como hurgaba en él con un bisturí. Cuando terminó estaba unido con un cable a una nueva máquina donde una pantalla proyectaba en el techo mi futuro a cámara lenta, tan lenta que solo podía ver imágenes fijas, petrificadas y sustituidas sin percepción de su continuidad por la imagen anterior, no por la siguiente. Vi el cuadro, las letras de un poema que no tenía sentido, el salmo 139, la destrucción, su rostro en aquella plaza, perdido y esperando a que mi mano llegara a rescatarla; vi la desolación absoluta, la gente corriendo sin dirección y estrujándose hasta morir, la lluvia ácida de un dios inventado que nos ahogaba con su incontinencia urinaria, El Bosco en una bañera antes de ser Marat, desconchándose las excrecencias de su piel negra, sucia y sulfurosa.

La voz de Cora borró de mis párpados cerrados todas aquellas imágenes. Oí qué hablaba con alguien y decía, ¿qué voy a hacer yo ahora? Las otras voces intentaban consolarla, calmarla con las frases hechas para la ocasión: Ya verás como sí puedes, donde comen dos comen tres, tu familia te ayudará, vienen con un pan bajo el brazo… Todas estas verdades mentidas con tanto cariño como desinterés real que nos reconfortan y nos evitan descubrir que los inviernos son solo inviernos, que el frío nos acompaña hasta la muerte. Sus ojos brillaban en aquel buque fantasma y empecé a contarles cosas pequeñas, cuentos de una sola palabra, sonidos de esos que te lamen el vello, hasta que conseguí hacerla reír, aunque no me hubiera podido oír.

Se acercó con una palangana y una esponja. Me desnudó mientras repetía las mismas frases confortadoras que le acababan de decir a ella. Me preguntó si el agua estaba fría y siguió mirándome fijamente con aquellos ojos de terciopelo negro mientras limpiaba con suavidad mi pene. No pude evitar que aquel miembro que alguna vez había sido mío empezara a crecer y crecer entre sus dedos, ella sonrió y me susurró: “Tienes que aprender a dejarte ayudar”, yo le quise decir que sí, que aprendería a dejarme ayudar y que también aprendería a ayudarla a ella, a su hijo, que me olvidaría del cuadro, de Sara, que no volvería a matarla cada vez que pensara en ella, que no volvería a matar nunca más ni por acto ni omisión, que solo quería sentir su mano allí, acariciándome el pene como antes me había acariciado la mejilla, suave, protectora, como una canción de madre. Sé que nos besamos en algún sueño, luego ella rio con esa risa desvergonzada que me llenó de ternura y me preguntó: “¿A que ahora estás mejor, amor?”

Me dormí suavemente con ese cariño de hospital. La señorita Cora, la de Julio, vino a soñar conmigo y me acarició el cabello. Tuve miedo, pero sabía que todo había pasado, las máquinas habían hecho su trabajo. No volví a ver a la otra Cora. Al día siguiente me desengancharon los cables y me dejaron ir a casa. Una vez allí, me miré largo rato en el espejo del baño. Supe que ya no era yo.

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El Niño Jesús de Praga

tunel tranvia calle Letenska

 

 

Alejandro quiere caminar despacio, pasear, pero su paso se acelera al ritmo de su cabeza que no para de volver atrás y adelante. Le duelen las sienes con tanto punzón clavado, quiere que se pare todo, su vista, sus pulmones sin aire que rechiflan en el silencio de esas calles que de pronto se llenan de viento y enseguida se callan como zorras esperando su nuevo paso, su nuevo dolor de tanto dolor antiguo. La fatiga le llena la vida como una bolsa de harina a punto de estallar. Praga está desnuda y fría esa madrugada de septiembre. Acaba de pasar por El Niño Jesús y ha sentido miedo de sí mismo y de todo, miedo cobarde mojado de sudor frío, miedo ahora que sabe que el duende ya ha salido del cuadro, que salió hace mucho tiempo, dieciseis años hace, cuando otra noche de septiembre lo miró fijamente para mirarse en un espejo que no mintiera o por lo menos que supiera mentir bien. El duende era él, desde entonces, desde siempre, el duende cabizbajo lleno de miedo a ser él, el duende o él, esperando el próximo ataque de ansiedad que le ahogara cara a la pared.

Las calles de Praga están empedradas y Alejandro chapotea la sangre husita corriendo entre los adoquines, pero la sangre solo está en su mirada. Sigue Karmelitská abajo, en dirección hacia la Malá Strana. Ve un garito abierto y se acoda a la barra. Dos whiskys después se encuentra mejor e incluso chapurrea unas palabras en inglés con el camarero que le ofrece el tercero. Está en un local de diseño y se sonríe al darse cuenta de que debe ser el único hetero presente. El tercero le acomoda el frío y el miedo se le hace amable con la suavidad de los días normales. Vuelve a la calle y al viento, se cierra las solapas alrededor del cuello, aprieta, pero el aire le sigue circulando helado por las venas y se siente pesado, tan pesado como el mundo bajo sus pies, tan pesado como todos los días, uno detrás de otro, desde aquel día que se quedó petrificado mirando a Sara en aquella plaza, descubriendo, de una vez para siempre, que nada de lo que mirara era verdad, que nunca nada había sido verdad, ni él ni ella.

Continúa hacia la Malá Strana. Las calles están desiertas y brillantes en sus railes, los tranvías las dejan tristes cuando las abandonan y ellas parecen doblarse para dentro, amagarse de sí mismas y de no llevar a ningún lugar. Alejandro deambula, se deja perder con el rumbo fijo en la nada, pasa portales y cubos de basura, gatos desafiantes y pasos imposibles que retumban en sus entrañas. Ahora ya lo sabe. El malo siempre ha sido él, ¿cómo pudo no darse cuenta? Todo salió virado a sangre porque él lo viró en la emulsión de su no saber vivir o estar loco o estar demasiado cuerdo o simplemente la falta de litio en su organismo. Fuera lo que fuera, la huida había sido un esperpento. Mirar a Sara en aquella plaza y darse cuenta de que el mundo no existía había sido prueba no superada. Perdido. Lost. Dieciseis años antes.

Luego noches y golpes y vejaciones y orgullos borrachos y polvos entrecortados por la fiebre y el miedo. Correr y correr hacia el día anterior para que no llegara el siguiente, juntar silencios y hacer sudokus para que no estallara el mundo, leer los anuncios de putas como si aún estuviera ella para fabricarle los días. Y ella no era nada, no significaba mucho más que cualquier fijar la vista en un punto para que todo deje de dar vueltas.

Los whiskys le han mareado y se sujeta a una esquina en Malostranské Námestí, gira por Mostecká hacia el puente de Carlos y luego se deja atrapar por las calles de la Malá Strana. Sin rumbo sin suelo. Anda y tropieza, le duele el estómago, aprieta el papelito con la dirección en su bolsillo. Ya queda poco, pero él camina sin rumbo.

Las calles están llenas de cadáveres que llueven desde las ventanas. Al caer sobre los adoquines hacen un ruido sordo y revientan. La sangre corre y encharca la vista de Alejandro, se ahoga, nota su sabor ácido y dulzón en la garganta. La sangre le gorgotea en la garganta haciéndole las gárgaras a toda la vida desmembrada en mirar espejismos que explotan como cadáveres, muertos vivos que se mueren de vivir. Sara queriendo pintar un retrato en aquella plaza, pero no pudo, no pudo pintar el rostro de nadie que no fuera él y él la miraba desde dieciseis tiempos de distancia, desde fuera la miraba y ya no la veía, ya no existía, se le había reventado de tanto mirarla.

Cuando llega a la Avenida Karov el frío y el viento que llegan del río se hacen insoportables. En la esquina de la calle Letenská hay una muchacha. Sabe que está esperándole y se acerca a ella. Es una muchacha de apenas veinticinco años, preciosa y distante con su melena azul. Nada más pararse frente a ella la chica se empina sobre su cuello y le besa en los labios. Me llamo Violeta, le dice. Me llamo Alejandro, le dice. Comienzan a caminar por Letenská. La calle es estrecha y oscura, con edificios viejos a un lado y la tapia del jardín Wallesntein al otro. La chica le coge de la mano y comienza a contar una historia. Alejandro no la escucha, solo siente su acento como un arrullo, como una nana que le quita el miedo y el frío y la desolación de quererse engañar pensando en un día más. La historia, sigue Violeta, trata de un hombre que criaba reptiles en los llanos de La Portuguesa, Venezuela. Es una historia triste y alegre, Alejandro no sabría decir. Los raíles del tranvía refulgen acerados la noche oscura, solo se oyen los tacones de Violeta, su voz cantada, dulce y mimbreada, le provoca una erección. Bajo la tapia del jardín la besa y mesa su culo de bachata y se ríe como un loco de pensar que un beso solo es la espera de otro, que un abrazo la mayoría de las veces no sirve de nada, que una mujer es la distancia que se dibuja entre su cuerpo y el sueño de tenerlo

Frente a ellos, en la otra acera, hay una comisaria destartalada. No parece haber nadie alrededor, solo los gatos y la distancia, la infinita distancia entre los bordillos, entre las trapas de alcantarilla, entre dos adoquines. Una infinita distancia que se recorre a cada paso, a cada taconeo cálido del cimbreo de violeta que inunda la noche de los ecos de las risas que nunca tuvieron. La soledad que siente es tal que el calor del cuerpo de la muchacha le produce un sobresalto.

Llegan al pequeño tunel que horada un edificio atravesado en la calle. Hay tres bocas, una para peatones, otra para coches y la última para el tranvía. Penetran abrazados por esta última, juegan a hacer equilibrios en la vía, se besan sin respirar, ella le empuja hasta un soportal y allí están un gran rato en silencio, abrazados como una despedida. Violeta mete la mano en el bolsillo del pantalón de Alejandro y le agarra el papel, lo saca y lee: Josefská, 6. Está aquí, nada más salir del tunel.

Es el mismo edificio bajo el que se ha construido el tunel. La entrada está nada más pasarlo. Es la puerta 8, cuarto piso sin ascensor. Alejandro le desabrocha el pantalón y acaricia su sexo húmedo. Violeta sonríe y le pide por última vez que no tenga miedo. Saca de su bolso unas llaves y las deposita con suavidad en la palma de la mano de Alejandro. Su taconeo se aleja al son de alguna tristeza. Es igual. Las calles vuelven a estar llenas de sangre y los gatos mayan sin piedad. El terror desgarra los tímpanos. Alejandro abre con la llave el portal y cierra tras de él. La oscuridad es absoluta. Con la llama de su mechero se acerca a las escaleras y comienza a subir. Un mareo profundo y conocido desde siempre hace que fije la vista en el bailoteo de las sombras. Ve a Sara desnuda dibujándole aquel retrato que nunca le terminó, ve su cara azul sin vida, su rostro alegre llorando de risa, su figura recortándose detrás de la clara luz de la playa. Ve su ausencia de días tras días. Su vida llena de esa ausencia y los escalones le pueden el respirar. Se para en el rellano. Es el cuarto piso, puerta ocho. Abre. No hay electricidad. Un pasillo largo y ventanas al fondo por las que entra la claridad de la noche. Una rata se enreda con sus píes y grita histérica. El chillido de una rata acorralada es terrorífico, le deja completamente inmovilizado, aterrado en aquel pasillo que lleva a una ventana.

El cuadro está allí, apoyado en una pared. Está cubierto por una sábana andrajosa, gris polvo. Hay cagadas de rata por todas partes, siente como se deshacen bajo las suelas de sus zapatos. El sudor no le deja abrir los ojos, le escuecen como si se los hubieran sacado. Huele a orín de rata o de gato o de cualquier engendro de esos que callejean las noches de Praga. El mechero le quema y tiene que apagarlo cada poco tiempo. En la habitación hay una especie de alacena con las puertas abiertas de par en par. Alejandro busca en ella hasta que descubre un par de velas que le permitan iluminar un poco el cuarto. Vuelve el cuadro del derecho y se aleja un par de metros para verlo. Esa otra vela sigue consumiéndose sin mermar, el mantel de hule, la mesa, los ladrillos ajedrezados, todo está igual, exactamene igual que entonces, pero el duende ya no está dentro, ya no puede salir. El duende es él. Las lágrimas corren por sus mejillas. Se siente tan vil, tan mezquino, que no soporta sentirse. Quiere desgarrarse la piel, pero sabe que cualquier acto es gratuito. Sara en la plaza dibujando un retrato que nunca existió y él rompiendo en mil pedazos el encantamiento, clavándole con crueldad sus uñas en el alma. Hasta destrozarla.

Vuelve a girar el cuadro. En el bastidor aún está escrito su poema en clave. Todos los poemas son mentira. Lo descifra según el salmo y lo vuelve a recitar como cada día. Todo es mentira, antes y ahora. Llama con su móvil a Gonzalo.

—Gonzalo, soy Alejandro. Lo he encontrado. Calle Josefská, 6, puerta 8. Praga.

Destripa el móvil contra la pared y vuelve a cubrir el cuadro con la sábana. La habitación se ha llenado de sangre que burbujea y ratas muertas. Hay un ruido asfixiante que sale de las paredes. Se asegura de que en su bolsillo está el sobre cerrado dirigido a Gonzalo. Está empezando a amanecer y el frío le quema los dedos cuando abre la ventana. Ya no tiene miedo del duende, ya no tiene miedo ni arrepentimiento de nada, ni siquiera un débil momento de pensar que las cosas podrían haber sido de otra manera.

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La barra de las miradas

De las peores cosas que Don Salvador recordaba de su vida era una mujer. Sí, un poco estúpido colgarse del clavo de la melancolía a esas alturas: vejez, tos, esfínteres, no planes, no afanes. No le salían las palabras, no había forma de explicar cómo aquella mujer, aquella no mujer para él, había significado el fracaso más profundo de su vida. La única cosa a la que se agarraba verdaderamente.
Sonia tenía los ojos como peces tranquilos acostumbrados a mecer las ondas del tiempo. Ella por dentro no era tan tranquila, temblaba, llovía síes condicionales y plegaba porque los soles no le dieran de frente, solo quería que su perfil cruzara levemente el espacio entre lo que se tuerce y lo que se quiere.
Un día, una noche, Don Salvador, tras la corrida, fue con el diestro que apoderaba a comer el tópico rabo de toro, a mear juntos sobre la tapia, a mover el rabo en lo de la Carmen, sí lo de la Carmen, la madre de Tasia, y luego a tomar la penúltima en el rincón del manco, sí del manco, donde un grupo de universitarios bebían tequilas y se rozaban los entrecodos.
Amaneció con leche y bruma y barrenderos con ganas de partir el día en dos. El rincón del manco era un tugurio junto al mercado central que se llenaba de putas y gente del toreo acostumbrada a lidiarse las pajas y los sueños a la vez que los desamores y los desvelos. Don Salvador siempre se comía un huevo duro repelado al son del sol que salía con las carcajadas estridentes de los borrachos asegurados de buena cama esperándoles. Y vista vidriada y la sonrisa cabalgando a cuatro patas de aquella joven universitaria, mirando distraida al más allá de la barra repleta de codos y vidas sin asiento en el libro mayor.
Sexo. Todo es sexo a esas horas de la amanecida. Sexo a bocajarro para olvidar las saetas, los cánticos y el orden dórico que preside e imposibilita cualquier intento de ser algo más que una persona.
Don Salvador en aquella época tenía sus cuarenta y la niña apenas llevaba seis cumpliendo con su regla. El baño se ocultaba en un recodo y la niña fue y el apoderado fue y se encontraron en el pasillo juntando la misma mirada que se buscaba desde la barra. Un pestillo y unas bragas marrones y unos pechos pequeños bailando en un sujetanada. La mano férrea apretando ese coñito de rana saltando a los pulsos de una sangre que llenaba el día de amanecida.
Pero no, Don Salvador no recuerda esto, ni siquiera le importa ya esto. Don Salvador solo piensa en aquellos ojos, aquella risa, aquella mirada de nervios cruzando la calle al día siguiente. Luego ocurrieron algunas cosas que ahora no vamos a contar, pero Don Salvador la recuerda. Simplemente la recuerda cada día, aquella risa, aquellos ojos, como ese momento de su vida al que quisiera haberse agarrado.

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Carta encontrada en una (otra) papelera

26-09-1985

Hola. ¿Ya era hora, verdad? Bueno, pues ya me he decidido a escribirte y lo primero: ¡Que estés bien! (Yo como siempre).

Acabo de regresar de dar un paseo y, la verdad, creo que he andado mucho. Nos hacemos mayores, hermana. La ciudad está como siempre (medio poniéndose el abrigo pues ha llegado el otoño), con sus ruidos, sus humos, sus prisas… tú la recuerdas bien.

Aún me acuerdo de aquel día que pasamos en el campo, poco antes de irte. ¡Qué maravilla! No me he vuelto a reír tanto desde entonces; tú con aquella pinta tan ridícula (no te vuelvas a enfadar), con aquel sombrero de paja deshilachada y aquellos pantalones rojos con los que parecía que fueses a regar (estabas lindísima). Pero bueno, todo eso ya pasó. No me cuentas nada de tu vida, ¿cómo te va? ¿En qué andas? Recuerdo la ilusión que te daban los atardeceres dorados, ¡ja!, qué dolores de cabeza y cómo nos queríamos, ¿verdad?

Acaba de pasar un autobús repleto de gente, no sé qué número es, ¡cómo te disgustaba subir en autobús!, es increíble que todavía circulen como siempre. Yo no sé que haré el verano que viene, acaba de terminar y ya estoy pensando en él. Me gustaría salir fuera, pero, ya sabes, las cosas son difíciles.

He vuelto a ir mucho al cine. Siguen haciendo las mismas películas de siempre, esas que a ti no te gustaban. ¿Vas tú al cine?

Bueno, como ves te he escrito por fin. Te echo mucho de menos. Escríbeme pronto y dime cómo te va.

Pd.: Nuestro perro murió el otro día. No sé de qué; fui a darle la comida y estaba como dormido. Seguramente se fue pensando en ti. Desde que te fuiste prácticamente no comía. Siempre fue tu preferido, por eso no pudo hacerse a la idea como yo. Si vieses como me seguía por toda la casa ladrándome de ti. Yo lo acariciaba, trataba de consolarlo, pero era inútil.

Cuando quise cambiar nuestra habitación (en realidad era por él, creía que podría curarle su melancolía si quitaba tu recuerdo) no hubo forma. Sólo que me vio desmontar la cama y se tumbó en la alfombra, en su sitio de dormir, mirándome amenazante y ladrándome cada vez que intentaba acercarme. Tuve que desistir y cambiarme yo de habitación. Compréndeme, no podía soportar el verlo tan triste, aullando por las noches, llamándote.

Muchas veces pensé en escribirte y hablarte de él, o mejor llamarte, pero comprendí que no tenía derecho a volver a complicarte la vida, ni siquiera por él. ¿Qué ibas a hacer, volver desde tan lejos para consolarlo? ¿Ser otra vez la samaritana? No, ni el ni yo teníamos derecho.

Nada más murió cerré la casa y lo dejé allí, en su alfombra. ¿Dónde mejor iba a estar que con tu recuerdo? Me fui. Lo dejé todo atrás, el trabajo, mi familia, los amigos. No he vuelto a ver a nadie. Sigo vagabundeando por las calles, sentándome en nuestro banco del parque y escribiéndote cartas que tiro siempre en la misma papelera. Sigo inventándome perros, gatos, hijos que te digan algún día lo mucho que te quiero.

Alejandro.

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