Tras los contenedores

Desde hace unos días, apenas dos semanas, Ossip Gregorovius recorre las calles de su ciudad buscando en los contenedores de basura. No sabe el cómo ni el porqué, pero desde ese tiempo a esta parte un fenómeno lo tiene atrapado como hacía tiempo que nada, ni siquiera ya el recuerdo de aquellos ojos tricolores, lo atrapaba. Se cuenta rápido: una noche en el doblez de una esquina se topó con este mensaje pintarrajeado en el vecino contenedor:

soy de certezas movedizas y dudas implacables

(imagen tomada de http://neorrabioso.blogspot.com.es/)

Firmado por neorrabioso, leyó sin poderse tapar la boca, sin poderse cerrar la mollera que le brincaba de envidia por aquel saber que jugaba a juntar letras. Temblando aún, balbuciendo y repitiendo la frase en voz muy baja para que no se le muriera de sentirse sentencia, se acercó al contenedor y lo abrió como si fuera a buscar el cartón donde cantar alguna línea que desmintiera las de su mano. Cualquier cosa susceptible del más ínfimo valor había sido ya recuperada para el mercado de futuros de la miseria, pero al fondo, escondiéndose de posibles lunas, hecha un ovillo sobre sus lanas, una muñeca destripada escondía una pequeña hoja de papel, apenas arrugado para lo que debería ser. En el papel una tinta gris, garabateada con una precisión que contradecía cualquier emoción, susurraba esta historia:

“Te dejo, inesperado lector de basuras, este trozo de historia que un amigo cercano me transmitió, así, a retales de papel y retazos de recuerdo. No tiene más sentido ni hilazón que un sentimiento huidizo, una verdad mil veces mentida, una desazón acostumbrada a vestirse de urticaria. Busca por esta ciudad, o por alguna otra, ¿quién lo va a saber?, estas frases abandonadas como deshechos. Junta los pedazos. Imagina los silencios. Busca el único sentido que queda después del despojo. Aquel amigo se inventaba a sí mismo para ella, invéntatela tú ahora para él.”

A la introducción seguía un texto entrecomillado, quizá la transcripción de una conversación epistolar, lo que ahora llaman chat, o de un delirio:

“Hola , por fin ha llegado el tiempo!! Bueno, tanta información que procesar me apabulla un poco, yo soy más de oír que de hablar, pero voy a intentar explicar lo que desde mí pienso sobre los finales (que a veces son como puñales). Creo que no has perdido ningún mensaje mío, el último fue la respuesta al que me contabas que habías perdido los anteriores mensajes.

Los finales: Hablar de esto nos podía remontar a preguntarnos si existe la realidad o si sólo es un constructo del que la piensa. Lotman, un semiótico de esos a los que no se les entiende ni papa, decía que un texto sólo está completo cuando se lee, y cada vez que se lee. Para mí esto es bastante acertado porque si te preguntas qué es un texto, la respuesta al momento está mucho más allá de lo que supone el soporte escrito. Un texto no está compuesto de palabras, está compuesto por los pensamientos de quien lo lee, no de quien lo escribió. De hecho, creo que ningún texto pertenece a su autor porque el texto que queda escrito, muerto sobre una hoja hasta que alguien lo lee, está a tanta distancia de lo que él quería, o pensaba, o imaginó, escribir, como la que hay entre lo escrito y lo leído por cada quien. En este contexto, habría que preguntarse también si el texto es tan sólo lo que se ha pretendido decir o si está compuesto también por todas las pérdidas de información que suponen reducir lo pensado a signos. Cuando leo una historia estoy leyendo a la vez, siempre desde mi subjetividad, claro, todo lo que creo que el autor quiso decirme, todo lo que entiendo que el autor ha intentado decirme, todo lo que yo creo haber leído e interpretado sobre ello, y, además de todo esto, estoy leyendo todo aquello que no está en el escrito y se convierte en posibilidad, en alternativa. Es en este sentido en el que digo que no me gustan los finales, las historias, cerradas. No me importa que la historia termine con que la chica deja al chico, eso es sólo un dato, pero necesito que el autor me haya creado un mundo en el que yo pueda participar, necesito escribir yo también en los huecos que el autor deja entre los sucesos, que él me deje unos puntos suspensivos imaginarios en los que yo pueda construir el texto, pensar que la chica puede aparecer de pronto otra vez, no quiero que el autor la mate o la convierta en zombi para quitarme esa posibilidad. Por ejemplo, no quiero que las historias terminen en boda, me gusta que terminen en la ventanilla de una compañía aérea con el protagonista comprando un vuelo que nunca sabré si le llevará a casarse con su amada o si le alejará para siempre de ella y de su pasado. Eso quiero decidirlo yo. Para resumir, no hay ningún final como Casablanca. Hostias, qué rollo, perdóname, creía que me había tomado la pastilla, de verdad.

Los límites: Un CASI es una caja de terciopelo negro que de pronto capta toda nuestra atención, es como un truco de magia que nos mantiene distraídos de la manipulación del prestidigitador.

Millás: A mí Millás me ha ganado últimamente, desde que leí su novela “El mundo”, una ficción sobre su propia vida en la que consiguió hacerme ver el mundo de mi infancia tal y como yo lo veía de pequeño. Es un surrealista maniático e hipocondríaco, y eso le hace encantador, me imagino que para los que no convivan con él, claro. No me ha gustado nunca su adscripción al felipismo, pero si perdoné hace muchos años a Vargas Llosa, cómo no se lo voy a consentir a él? Te recomiendo que leas, además de las mujeres en Praga, el mundo, creo que tú también lo verás por el mismo agujerito.

Tu escritura: Pues si sólo he leído dos cosas tuyas, creo que han adquirido categoría de obras completas, así que desmiente mi entusiasmo con atrevimiento y déjame leer más cosas.

Tu intuición: Es posible que deje pistas, la verdad es que mi dominio del medio es bastante escaso, pero de lo que no tengo duda es de que tú las lees tan bien como un indio cherokee las huellas de los caballos.

Y, finalmente (se nota que es viernes por la tarde), sobre lo del taller literario que vas a hacer, espero que te guste. La verdad es que no soy muy amigo de ellos, pero si no sigues al píe de la letra sus decálogos sobre cómo escribir pueden servir para crear ciertos hábitos de escritura recomendables. Eso sí, si quien lo imparta empieza con que tienes que captar la atención del lector en la primera línea, que un capítulo no puede ocupar más de diez páginas o que cada uno de ellos tiene que tener su clímax… Tírale un tomate bien verde a la cabeza!!!

Si te interesa, yo tengo bastante material sobre esas cosas.

Bueno, ha sido muy grata esta charla diferida. Un beso, si es que a las intuiciones se las puede besar.

Pd: perdón por la incontinencia.”

Desde este primer escrito no han parado de llegar otros. Muchos. Ossip recorre cada noche la ciudad de contenedor en contenedor. Buscando sentencias, encontrando finales escondidos en los vientres de muñecas abandonadas. Tras cada proclama firmada por el tal neorrabioso la historia parece juntarse, vivirse, crearse, entre los trasiegos palpitantes de nuestro amigo. Va juntando los pedazos y los intercambia para crear nuevas historias. En ocasiones ella se acerca hasta él, otras veces le da la espalda mientras mira el horizonte junto a la orilla de una playa. Cada pedazo es una historia, cada contenedor un mundo donde cualquier cosa puede caber, cada lector es un escritor rebuscando en la basura.

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Esta entrada fue publicada en Apuntes en mi moleskine, Ossip Gregorovius, Sin nombre. Guarda el enlace permanente.

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